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Los genes influyen en conductas: Pinker

Quo presenta al “cerebrólogo” que sostiene que el código genético puede determinar las decisiones; para Steven Pinker, profesor de Harvard, la evolución del cerebro nos ha hecho menos violentos.

Por: Hernán Iglesias Illa |
Sábado, 19 de septiembre de 2009 a las 06:00
Quo
Este hombre nacido en Canadá y sin hijos, habla de la evolución del cerebro y pone en jaque a sociólogos y antropólogos. (Foto: Henry Leutwyler/ Fotoarte: Marino Pérez)
Este hombre nacido en Canadá y sin hijos, habla de la evolución del cerebro y pone en jaque a sociólogos y antropólogos. (Foto: Henry Leutwyler/ Fotoarte: Marino Pérez)
¿Cómo adquieren el lenguaje los niños? Ha sido uno de los principales motivos de estudio de Pinker. (Foto: Luis Delfín/ Producción: Luis Ledesma/ Ilustración: Marino Pérez)
¿Cómo adquieren el lenguaje los niños? Ha sido uno de los principales motivos de estudio de Pinker. (Foto: Luis Delfín/ Producción: Luis Ledesma/ Ilustración: Marino Pérez)
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NUEVA YORK — Steven Pinker, un hombre de rizos grises y ojos azules que habla con calma y sin decir nunca una palabra de más, no es sólo uno de los psicólogos y "cerebrólogos" más reconocidos del mundo. También es el principal referente de una nueva generación de científicos que se ha propuesto un objetivo que va mucho más allá del sentido estricto de la ciencia: Pinker y sus contemporáneos -biólogos moleculares, lingüistas, genetistas y psicólogos evolutivos- quieren acercarse lo más posible al conocimiento de la naturaleza humana.

No del "alma" humana, porque Pinker cree que los hombres no tenemos un alma (entendida como un motor no químico que nos da fuerza o conciencia), sino del misterioso proceso en el cual nuestros genes se combinan con nuestro entorno para tomar decisiones que ni siquiera nosotros podemos explicar como ¿por qué nos gusta la música?

Con las herramientas que tenemos ahora es imposible saber exactamente el porqué, pero Pinker y los nuevos científicos que quieren volver a unir la biología con la vida cotidiana dicen que hay información en nuestros genes que influyen en elegir la música que nos gusta, y que se combinan con la información que recibimos de nuestro entorno, para finalmente tomar nuestra decisión.

¿Eso quiere decir que pronto podremos describir y predecir cada uno de los actos de la vida humana, que se acabará el misterio y nos volveremos prisioneros de nuestros genes? "No, en absoluto", responde Pinker, rock star del mundo científico norteamericano, en diálogo con QUO. "El cerebro es una máquina maravillosamante compleja, con 100,000 millones de neuronas y 1 billón de sinapsis. No creo que la ciencia logre jamás predecir la conducta de alguien hasta la última decisión".

Pinker, profesor de la Universidad de Harvard, colaborador frecuente de medios como The New York Times y autor de media docena de libros, sabe que con estos temas debe caminar en puntas de pie, porque la mezcla de biología y política ha tenido, en el pasado, resultados desastrosos. La eugenesia, por ejemplo, una práctica seudocientífica popular hace 100 años en EU y Europa, intentaba mejorar los rasgos hereditarios de la población separando a grupos considerados "no aptos", como los gitanos o los homosexuales.

Después de que la Alemania Nazi llevara la eugenesia al paroxismo de los asesinatos masivos, la práctica perdió crédito y hoy es considerada brutal y pasada de moda. Hasta hace no mucho tiempo, algunos investigadores han intentado usar supuestos datos científicos para afirmar que algunos grupos étnicos son más inteligentes que otros, o que ciertos grupos están mejor preparados para determinadas tareas. Es por eso que quienes, como Pinker, otra vez quieren volver a hablar de la importancia de nuestros genes (los de cada uno de nosotros y los que todos compartimos como miembros de la misma especie) en nuestra conducta y en nuestra forma de vivir en sociedad, deben hacerlo con mucho cuidado.

En el comienzo de La Tabla Rasa, su libro de 2002 dedicado a los dilemas sociales provocados por avances en el estudio del genoma humano o el uso de células madres para el tratamiento de enfermedades, Pinker se quejaba del trato injusto que recibían los genes: "Decir que nuestra conducta está en parte influida por nuestros genes y en parte por nuestro entorno es todavía una afirmación radical para mucha gente". Esa percepción quizás ha cambiado, en parte gracias a los esfuerzos de Pinker, pero la cita muestra el carácter de tabú que aún tiene la "naturaleza humana".

¿A quién se refiere Pinker cuando habla de "mucha gente"? Sobre todo a sus colegas de las ciencias sociales, como los sociólogos y los antropólogos, para quienes nuestra manera de pensar y de funcionar en la sociedad está determinada por la forma en la que fuimos educados y los demás estímulos externos. Para ellos, decir que nuestros genes influyen en nuestra vida podría servir para justificar el racismo (porque alguien podría decir que es "natural" desconfiar de quien es distinto), el machismo (lo "natural" es la vida violenta de la caverna) o la codicia (porque era "natural" para el hombre antiguo acumular todo lo posible).

Para buena parte de las ciencias sociales, el cerebro de los recién nacidos está vacío y es la sociedad la que lo va llenando. Ésta es la tabla rasa que Pinker llevó al título de su libro. Lo que afirman Pinker y la última camada de psicólogos evolutivos (quienes intentan aplicar la Teoría de la Evolución de Darwin al ámbito del comportamiento) es que el cerebro ha evolucionado, en estos últimos millones de años, igual que el resto del cuerpo. Y que, cuando nacemos, no está vacío, sino que viene con una programación acumulada durante siglos con las cosas que fueron aprendiendo nuestros antepasados. Para las ciencias sociales, la "cultura es todo" y los genes, nada. Pinker no dice lo contrario: dice que es una mezcla de las dos cosas y que es injusto que se haya calificado a su posición como extrema cuando en realidad la suya es la verdadera posición moderada.

De todas maneras, admite que de a poco su visión se ha ido acercando cada vez más al centro del debate científico y que son muchos los científicos atraídos por las posibilidades que ofrece la psicología evolutiva. "Creo que vamos a ver una aceptación cada vez mayor", dice Pinker. "Esto ya está ocurriendo con la nueva generación de académicos, científicos y periodistas, que es más abierta a aceptar la conexión entre la ciencia y los temas sociales". A medida que estos científicos continúen apilando pruebas y evidencia, que comprendamos mejor nuestros genes y sepamos cómo éstos han evolucionado, este enfoque se convertirá, según Pinker, en "innegable".

¿Innegable por quién? Por los políticos y por las religiones, entre otros que por ahora han preferido mantener el asunto lo más lejos posible. Para la Iglesia y para los grupos conservadores en general, el enfoque evolucionista de nuestro cerebro presenta un problema: el de la responsabilidad de nuestros actos. Si un día la ciencia confirma que la homosexualidad es genética -y, por tanto, imposible de corregir- o que determinadas personas tienen un gen que los hace tener una inclinación hacia la violencia, será bastante más difícil para su sacerdote convencerlo de que ha pecado y que debe arrepentirse si quiere ir al Cielo. El pecador le dirá al cura, con algo de razón: "Padre, no es mi culpa, está en mi naturaleza".

Ésta es en parte la visión popular de los genes, que ha contribuido a expandir su mala fama. Pinker les pide a los políticos y a los religiosos que no teman: la influencia de los genes no es más que eso, influencia, y de ninguna manera es un mensaje determinante que cuerpos y cerebros obedecen a ciegas. Por ejemplo, algunos académicos han expresado su temor a que un asesino pueda ser declarado inocente porque su abogado lograra demostrar que la "pulsión de muerte" está en los genes de su cliente. "Es todo mucho más complicado", dice Pinker. "El mensaje de los genes es mucho más indirecto y difícil de descifrar, sobre todo en lo que se refiere a las características psicológicas. Hay tantas combinaciones posibles, de genes y de estímulos externos, que para nosotros siempre parecerá que el libre albedrío existe".

El libre albedrío es, por supuesto, una de las bases sobre las que se han construido las democracias occidentales: sus ciudadanos elegimos libremente a quien votar y, si cometemos un delito, el Estado nos castigará, porque somos responsables de nuestros actos. Los críticos de la genética dicen precisamente eso, que el estudio de los genes puede llevar a un determinismo que impida juzgar el comportamiento de las personas.

Otra de las cuestiones que diferencia a Pinker de buena parte de los intelectuales es su optimismo. La visión que las ciencias sociales tienen de Occidente o de la humanidad en general es bastante negativa: los sociólogos y otros pensadores, especialmente los europeos y latinoamericanos, creen en su mayoría que los humanos vamos en la dirección errónea y que nuestra situación como especie es cada vez más desesperada. Contra el lugar común de que el mundo es un lugar cada vez más violento y despiadado, Pinker publicó el año pasado un artículo diciendo lo contrario: que una de las características más importantes de la evolución de la humanidad es el descenso radical de la violencia en la vida cotidiana. En los pueblos antiguos era 100 o 200 veces más probable morir a manos de otra persona que ahora. Hasta hace poco más de un siglo, un entretenimiento popular en las ciudades europeas era quemar gatos vivos, haciéndolos descender lentamente sobre el fuego, para que niños, adultos y ancianos se divirtieran con los gritos y las contorsiones del animal. Sin ir tan lejos, en las guerras mundiales murieron decenas de millones de personas; cifras similares en la actualidad serían inconcebibles.

Pero no es sólo la violencia lo que provoca el optimismo de Pinker, que en general nos ve como a una especie en bastante buena forma. Sobre el futuro, dice: "Soy optimista sobre nuestra evolución cultural. No sé si nuestra evolución biológica va en ninguna dirección particular, pero nuestra cultura me parece que sí. Creo en la Ilustración, en la idea de que más conocimiento científico, mejores instituciones democráticas y comerciales tienen el potencial para permitirnos colaborar y convertir a la vida humana en algo placentero y productivo".

Pinker, sin embargo, se resiste a creer que algún descubrimiento concreto en las próximas décadas pueda provocar un giro en nuestra manera de entender la naturaleza humana. Lo más probable, dice, es que todo se vaya dando de poco, que sea un progreso acumulativo. Las ciencias del cerebro, la psicología evolutiva y la antropología, entre otras disciplinas, irán sumando pequeñas unidades de conocimiento, las harán conversar entre sí y así se irá tejiendo la manera de entendernos a nosotros mismos. Porque, en el fondo, nuestros genes no sólo nos han preparado para pelear por nuestra comida y nuestras mujeres sino también para colaborar entre nosotros. "Es así, claro. Antes que nada somos animales morales. La evolución no sólo nos dio motivos egoístas sino también emociones e impulsos para colaborar entre nosotros, enfatizando que genéticamente somos todos extremadamente similares". Nuestras guerras y diferencias, entonces, provienen de otro lado. Y pasarán siglos y milenos hasta que veamos diferencias importantes: parece que llevamos mucho tiempo en la Tierra, pero genéticamente la historia de la humanidad acaba de comenzar. "Somos una especie joven", concluye Pinker. Todavía nos queda mucho por aprender.

 


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