Me quedé sin empleo
En una época tan poco heroica como esta (y qué bueno que lo sea), quedarse sin trabajo es una de las grandes tragedias de la clase media. No hablo de alguien que pierde su empleo en situación de pobreza, no, nada más alguien con toda una red de familia clasemediera que le ayudará a recuperar, más o menos, la posición y a pagar las colegiaturas de los hijos.
Con todo y lo tragedia que es –ya se sabe: uno deja su rutina, ya no se toma su cafecito con los compañeros ni es un importante gerente que le saca brillo a los dientes todas las mañanas– no conozco a nadie que pueda contar esa pérdida con emoción. Hablar de desempleo en una fiesta es tan aburrido como de un dolorcito en la espalda.
El caso es que el empleo se pierde. Según Richard Bolles, el autor de la bibilia de los desempleados de Estados Unidos, “What Color is your Parachute”, una persona cambia de empleo un promedio de 8 veces en la vida. A veces sólo cambia de empresa para hacer lo mismo que antes, a veces da un brinco para llegar a algo radicalmente distinto.
¿Qué tan preparados estamos para uno de esos cambios de empleo? Siempre me he preguntado qué piensan los cobradores de estacionamientos ante las máquinas que lo hacen en forma automática. ¿Habrá algún programa de capacitación para ellos, de manera que puedan hacer otra cosa? Lo más seguro es que la empresa que los contrató no lo tenga.
1. Sin ser tan trágicos. ¿Tenemos un programa para hacer otra cosa en caso de que lo nuestro ya no sea importante? ¿Cuándo fue la última vez que tomé un curso para aprender a hacer algo diferente?
2. ¿Cómo sabemos que lo nuestro, más que pasión por un trabajo, es rutina?
3. ¿Cuánto tenemos ahorrado para enfrentar un momento de desempleo? La empresa está obligada a dar una indemnización como de 3 meses de sueldo. Y eso , obviamente, no alcanza para aguantar un año sin trabajo.
4. Y ¿cuánto tenemos para el retiro? Por cierto, el nuevo argumento de venta de las afores ya no es que recuperan el dinero del SAR, sino que ofrecen un plan personal de retiro, que además es deducible de impuestos. ¿En verdad conviene contratarlo? Habría que ver cuántos rendimientos dan, porque, por lo pronto, las afores son más aburridas que ese dolorcito de espalda.
Hay una excepción: si hay alguien que cuenta en forma interesante su despido. Hace no mucho, en la revista New York, James Atlas publicó un capítulo de su libro “My Life in the Middle Ages” en el que cuenta con emoción lo que le pasó cuando perdió su empleo.
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