Yo no soy Sam
Con la inflación desbocada como está, ya veo a muchas personas que encuentran un nuevo pretexto para azotar los pasillos de los clubes de precios, y llenar sus carritos de paquetes enormes de pan Bimbo, helado de chocolate y hamburguesas congeladas.
Que quede claro: no soy enemigo de esos clubes. Fui de los primeros en sorprenderse en México cuando llegaron y trajeron consigo ese extraño alimento llamado salmón, que sólo compraban –nunca vi que lo comieran- las señoras de los suburbios. Sus pasillos son como un museo de los adelantos de la tecnología moderna, aplicada a cosas tan cotidianas como un bote de basura.
Pero ya basta de confundirnos. Nadie ahorra por comprar toneladas de tacos dorados listos para freír. Si alguien prefiere no tomarse el tiempo para preparar una buena comida y mejor comer eso, se merece cada una de sus lonjitas.
Y con el pretexto del ahorro, familias enteras desperdician buena parte de sus fines de semana deambulando entre pasillos de productos gigantescos, en lugar de caminar al aire libre y patear un balón, aunque sea poquito. ¿En verdad queremos sacrificar la convivencia familiar en este altar de la globalización?
¿Cómo aprovechar el club de precios?
1. Llevar una lista, en la que se incluyan también los encargos de otros amigos, para después repartir los 6 kilos de carne molida entre varias familias.
2. Espaciar las visitas.
3. Recordar que los productos sobreendulzados que ahí se venden también tienen una enorme huella ecológica, que por lo pronto subsidia la sociedad entera. ¿Cuánta turbosina y gasolina se gastó para que tú puedas comer un pastel azucarado, venido de algún lugar del corn belt estadounidense, en lugar de una buena natilla mexicana?
4. Buscar otro entretenimiento de fin de semana. Pocas cosas tan deprimentes como los niños gorditos paseando por el club de precios con sus papás, en lugar de encontrar otra convivencia más productiva e iluminadora.
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