07 de julio de 2008
Desde hace semanas venimos escuchando sobre los desacuerdos entre la presidenta argentina Cristina Kirchner y los agroproductores de su país por el recientemente aprobado incremento a la exportación de productos del campo.
En esta ocasión, debo darle el crédito a Claudio Gianni, periodista argentino, a quien orgullosamente puedo presumir como mi amigo.
Según los cálculos de Gianni, durante los 100 días que duraron las huelgas y bloqueos de rutas en protesta por las medidas presidenciales, los agroproductores guardaron en silos bolsa (estructuras de limitada duración) 30 millones de toneladas de granos, principalmente soya.
A Gianni le preocupa la situación porque la estructura de los silos bolsa sólo puede aguantar dos meses, pero ante el conflicto con la presidenta, no existe la más mínima intención de colocar el producto en el mercado.
Es difícil pensar que esta crisis quede en el ámbito local. No hay que olvidar que Argentina es el principal abastecedor de soya a China y si el “Dragón” no tiene toda la soya que necesita, saldrá al mercado a buscarla en donde haya, no importa si distorsiona el precio.
Hace tres años, China nos dio una muestra de lo que puede pasar cuando decide consumir un producto cueste lo que cueste. Ante los altos precios del azúcar. Los chinos empezaron a endulzar sus bebidas con miel de abeja.
La demanda se disparó, empezó a escasear la miel y los precios aumentaron 30%.
Gianni tiene razones para estar preocupado, pues la oferta exportable mundial de soya se reparte en alrededor de 70% entre Estados Unidos, Argentina y Brasil. Un problema en cualquiera de estos tres jugadores elevará los precios y si al problema argentino le sumamos que las lluvias en EU amenazan con disminuir la cosecha de maíz y soya, sólo podemos decir que esta historia continuará.
24 de junio de 2008
Ya nos han advertido que la crisis alimentaria ocasionará escasez y encarecimiento de algunos productos.
Pero nadie nos dijo que algunos alimentos iban a llegar a nuestras mesas partidos a la mitad. El fin de semana, mientras cotejaba la lista de los productos con precios congelados me quedé en pausa cuando en una tienda de autoservicio de la capita del país me encontré con que la lechuga sangría, que suelo comprar cada semana, ahora estaba partida a la mitad y al precio de una completa.
Cuando pregunté al dependiente su respuesta fue que “no era cierto” que era la lechuga completa.
La trampa está en que a esta hortaliza se le corta el tallo que une a la pieza y así no se nota que es la mitad porque quedan unidas muchas pequeñas piezas, o lo que es lo mismo: gato por liebre.
Como buen reportero me puse inmediatamente a investigar si teníamos problemas en la producción de lechuga o si había alguna prohibición en las importaciones, pero, todo estaba en orden.
Durante años, los minoristas y las autoridades de distintos niveles se han pronunciado a favor de que los vendedores de tianguis le den al usuario “kilos de a kilo”, ahora, creo que hay que pedir que sean estos minoritas quienes den lechugas completas.
Ya sé que son tiempos de crisis y que hay que hacer todo lo posible para que la comida alcance para todos, pero si los minoritas realmente quieren ayudar, sería mejor que en lugar de congelar precios de productos que casi nadie consume, nos vendieran los alimentos “completos”.
17 de junio de 2008
A estas alturas ya sabemos de los saldos que en el corto plazo arrojará la crisis alimentaria a nivel mundial. Pero existe un elemento que puede agravar esta situación: los fertilizantes.
Las alzas en el barril de petróleo han llevado a este insumo agrícola a precios que lo hacen incosteable para los productores, principalmente de México, donde el gobierno desapareció la industria petroquímica con el argumento de que resultaba más barato importar que producir.
Desde hace meses, los productores están en una eterna demanda para que se instrumente un programa integral para rescatar a la industria que hace años está muerta ante el poco mantenimiento en las plantas de Pemex que en el pasado producían amoniaco.
El 50% del fertilizante que necesita el país se importa y a precios hasta 30% por encima del de producción nacional.
La situación se agravó en 2001 cuando el IEPS al gas natural para la elaboración de amoniaco, urea y demás fertilizantes nitrogenados quebró a la industria.
Hasta hora, la única respuesta de la administración calderonista fue quitar los aranceles a todos los abonos y apoyar con créditos para la compra del insumo.
No estoy en contra de las políticas que ayuden a paliar la crisis del campo, sino de que todavía no se entienda que nuestro país necesita producir.
La crisis alimentaria llegó para quedarse y en este contexto, las naciones verán la forma de garantizar su demanda y después vender lo que sobre.
¿A qué me refiero? Si en el mercado mundial no hay fertilizante disponible, para México será imposible sembrar.
Este es un buen momento para reactivar las plantas de Salamanca y Cozoleacaque y garantizar a los productores agrícolas el abasto de fertilizantes en cantidad tiempo y precio, sólo falta inversión y disposición del gobierno federal.
09 de junio de 2008
Con bombo y platillo, el gobierno federal anunció un programa para apoyar la producción de arroz, al tiempo que eliminó aranceles a las importaciones del grano, como una forma de garantizar que llegue a las familias mexicanas en cantidad y precio justos.
Si bien es cierto que aún no logramos la autosuficiencia en arroz (el país produce apenas 85% de la demanda), ambas acciones no solucionarán el problema ni del sector ni de los consumidores por una sencilla razón: la administración calderonista olvidó solucionar primero el problema del arroz que entra de contrabando a México, ya sea de Centroamérica o de Asia; y en segundo, qué control sanitario habrá sobre las importaciones.
¿Le gustan los hechos concretos? Tengo un dato que revelarle: el año pasado, La Confederación Nacional Campesina denunció la intención de Estados Unidos de vender a México 750 toneladas de arroz que rechazó la Unión Europea por contener agentes cancerígenos.
En agosto de 2007, el gobierno estadounidense avisó que los contenedores comerciales de arroz de ese país se encontraban inexplicablemente contaminados con el arroz experimental transgénico LL601, de la empresa Bayer, lo que provocó la cancelación de las importaciones de arroz que Japón compraba a Estados Unidos. Este hecho derrumbó hasta en un 65% los precios del arroz y causó una alarma generalizada en el mundo y también, por supuesto, en México pues nuestro país es el principal comprador de arroz estadounidense.
Hace apenas 17 Años, cuando éramos autosuficientes, aproximadamente 25 mil productores sembraban en México un poco más de 250 mil hectáreas. Hoy apenas se siembran con ese grano, 65 mil hectáreas, y sólo quedan alrededor de 5,400 productores. De los 70 molinos que existían hace apenas diez años, sólo quedan en operación 36.
La moraleja es que no sólo hay que garantizar el abasto sino solucionar el problema de raíz, porque, aprovechando la escasez, el producto ilegal seguirá desplazando al nacional, ¿de qué nos sirve producir más si la ilegalidad no dejará al productor mexicano vender más ni obtener mejores precios?
O ¿de qué nos sirve traer importaciones si se corre el riesgo de que generen un problema aún mayor que el desabasto?
19 de mayo de 2008
La televisión mexicana transmitió hace poco un comercial que me llamaba mucho la atención, en él aparecía un hombre que en lugar de remojar su pan en un vaso con leche, lo hacía en un vaso con agua.
Este escena no está lejos de pasar de la mente de algún creativo a la vida real. En medio de la escalada en los precios de los granos y cereales, muy pocos realmente se han sentado a analizar a profundidad el problema de la leche.
Hace un año el precio promedio del litro de leche en México era de 8.50 pesos, para esta semana el precio promedio es de 10.71 pesos.
Mientras en otros países como España el precio va a la baja, en el suelo mexicano las nubes le quedan chicas y la respuesta es simple: desde hace años somos deficitarios en la producción del lácteo y hay que traerlo de donde haya para satisfacer la demanda nacional.
Cifras dadas a conocer hace apenas unos días por la Secretaría de Agricultura anticipaban que este año el país produciría 10 mil 500 millones de litros de leche, 1.1% más que el año pasado, el problema es que la demanda crece 1.4% anual. Si no se pone en marcha una solución de fondo para solucionar el déficit en la producción lechera en México, en el corto plazo la leche no sólo será más cara sino que simple y sencillamente ya no habrá producto disponible en el mercado.
De acuerdo con datos de la industria, para 2025, los 126 millones de habitantes, que se calcula tenga el país, demandarán 18 mil 200 millones de litros de leche al año, y ni aún creciendo a ritmos de 1.7 por ciento anual, los productores nacionales serán capaces de satisfacer el mercado.
El consumo per cápita de leche en México es de 97 litros anuales, la mitad de lo recomendado por organismos internacionales como la FAO. Si el país sigue sin impulsar un programa real para garantizar el abasto y no depender del extranjero, en el corto plazo, seremos como ese personaje del comercial, después de todo, el mexicano se acostumbra a lo que sea, así que tomar café sin leche o remojar el pan en agua no será tarea difícil.
09 de mayo de 2008
El primer trimestre del año fue muy ilustrativo para todos aquellos que les gusta llevar las estadísticas. La constante fue que distintos cultivos, como el arroz, llegaron a sus máximos históricos.
Este hecho podría interpretarse como una excelente noticia para los agricultores, más no así para los 22 millones de mexicanos que, según datos se la Secretaría de Desarrollo Social, no están en posibilidades de cubrir sus necesidades alimentarias básicas o dicho de manera más sencilla, no tienen dinero para comer.
Para paliar la situación existen quienes han llegado a sugerir que los programas federales se extiendan más allá de las ayudas para leche y tortilla y se implemente un esquema de ayuda integral para garantizar a la población más sensible el acceso a una alimentación equilibrada.
Gobierno, consumidores, agricultores e incluso los distribuidores deben estar conscientes de que la época de los alimentos baratos llegó a su fin y que con alzas en granos y cereales que cada seis meses superan el 100 por ciento, constantemente habrá afectaciones al bolsillo de los compradores.
Con este panorama, viene a mi memoria un mal chiste: en la época de los tecnócratas se decía que dentro de poco ya no iban a existir los pobres en México, porque simple y sencillamente se iban a “morir de hambre”.
No sé si de manera intencional o no, los mercados nos están obligando a que lleguemos a esta situación si es que, en el corto plazo, no se implementan esquemas, que sin afectar el presupuesto gubernamental, garanticen a todos el acceso a una dieta equilibrada.
A la cabeza de muchos vendrán aquellos tiempos en los que existían la Conasupo, un organismo descentralizado que con tiendas de autoservicio a lo largo del país hacía llegar a las clases bajas alimentos y otros bienes a precios más bajos que los de las grandes cadenas, aunque la calidad fuera cuestionable.
Pero, en la era salinista, con la ola privatizadora y la apertura al libre mercado, el organismo desapareció en medio de cuestionamientos sobre el manejo de los fondos. El programa de baja de precios que hace unos meses implementaron los cadenas afiliadas a la ANTAD para evitar que se afectara al consumidor, tampoco rindió buenos resultados, por lo que los llamados “pobres” siguen a merced del libre mercado.
Antes de finalizar, sólo me gustaría dar un dato, en los últimos seis meses el precio internacional del trigo aumentó 100 por ciento, el del arroz otro tanto 80 por ciento en lo que va del año, ¿el maíz y la tortilla? Esa es otra historia.
A esta escalada se suman los derivados como el pan de caja, el huevo, el pollo, todos con incrementos superiores al 10%.
A estas alturas valdría la pena preguntarnos si sirvió de algo el aumento salarial de 4% que para este año autorizó la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, al menos, una de las respuestas es que no sirvió para alimentarnos mejor.

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