Globalización y Estado-Nación: Dos procesos en tensión
Las teorías económicas, sociológicas y culturales postulan que la globalización, regida por las normas capitalistas, avanza sin tropiezos desde que países como Rusia y China se han rendido a sus imperativos. El mundo globalizado presenta dos notas aparentemente contradictorias. De un lado, el Estado-Nación se debilita en términos reales aunque los símbolos que lo representan aún no reflejan este hecho. Y del otro, las culturas regionales y localistas se fortalecen en lucha contra las pautas de consumo que conviertan a los supermercados y a los duty-frees en aposentos sagrados. Son las nuevas catedrales. Cuáles son los rasgos de estos procesos?
La globalización se traduce en la consolidación ascendente de las entidades multinacionales que controlan una vasta gama de actividades intensivas en capital y en resonancias públicas, desde la electrónica a la farmacéutica, desde la infraestructura a las redes logísticas. Las oligarquías se internacionalizan y atinan a optimizar su flexibilidad y capacidad de control a través de acuerdos y alianzas que a menudo se resguardan en el secreto.
De aquí que una de las víctimas de estos procesos sean las fuerzas laborales que envejecen en las actividades vegetativas, desde el pequeño comercio a los mercados de ambulantes. Agonizan económicamente. Sobreviven sólo aquellos jóvenes (desempleados que cuenten por encima de los 40 o 50 años de edad tienen menudas oportunidades laborales) que muestran capacidad para absorber innovaciones técnicas y organizacionales antes de que el mercado las desaloje por improductivas. Si dejan de aprender- el desempleo los sorprenderá más temprano que tarde.
Efectos que parecen inevitables cuando el Estado-Nación no presenta ni la sabiduría para anticipar estos trayectos ni una tradición institucionalizada de justicia social. Los pobres y marginados, empecinados en una cruel competencia darvinista, apenas aciertan a organizarse para compensar y encarar las falencias del Estado. Y, por cierto, estas adversas repercusiones en la sociedad se multiplican cuando la corrupción es un mal endémico en todos los niveles.
Una de las expresiones de esta estructural debilidad del Estado-Nación es la emigración de la fuerza laboral ( desde México a Paraguay ), por una parte, y la fuga, de los mejores cerebros, por otra. En lugar de importar bienes de alta intensidad de capital el Estado "vende" capital humano con dos propósitos: uno, suavizar la efervescencia social, y otro esperar que éste remita remesas que pacifiquen el ánimo de los que se quedan. Así, el Estado-Nación se suicida sin saberlo.
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