Las perversiones de la información
Desde la invención de la escritura, los historiadores encaran dilemas: dónde encontrar la verdad si el pergamino o el libro pertenecen en rigor a la literatura fantástica? Y en los tiempos del Google, cómo discriminar y calificar a los textos que a menudo son parciales recuentos de alguna indescribible realidad ? Contienen bibliotecas y archivos datos confiables o anécdotas imaginadas? Y si las subjetividades dominan, dónde está la verdad? Acaso existe?
Hacia el año 4000 antes de nuestra era, los hombres descubrieron las pericias del escribir. Los signos hieroglíficos egipcios se inventaron 800 años más tarde- o más cerca de nosotros. Y el alfabeto- 200 años después. Fue sin disputa una de las invenciones más importantes del ser humano. Acaso más – aunque menos rápida – que los buscadores del Internet. Y cuando el frágil pergamino, que había que enrollarlo cuidadosamente, fue reemplazado por el codex ( el libro ) la información se ordenó en páginas sucesivas que acomodaron con superior eficiencia al texto. Sus consumidores aumentaron relativamente, aunque continúo siendo un oficio- o diversión- de las élites. La democratización de la letra se inició con Gutenberg hacia 1450. quién reinventó los tipos movibles de la imprenta que chinos y coreanos conocían algunos siglos antes. Y desde entonces el libro, y después los periódicos y panfletos, empezaron a gravitar hondamente – con sus aciertos y falsedades – en la humana historia.
Hasta la llegada del Internet en los ochenta, después de haber constituido un medio selecto, particular, de información entre militares y algunos hombres de ciencia. Google, lanzado apenas hace una década, se apega a esta revolución informática y la perfecciona. Y aún nos esperan sorpresas en tramos breves de nuestras vidas.
Pero cabe preguntar: quién se beneficia de este itinerario? Y no aludo a países o agencias de noticias o a los periódicos de superior prestigio. Pienso más bien en el alcance de la verdad, de lo que en rigor ocurre en el mundo ? Nos aproximamos a la realidad, o los medios nos alejan de ella? Pues la noticia es en rigor, no un reflejo de los hechos, sino una narración de los hechos. Es decir, una invención que, para algunos postmodernistas, se apega a los intereses de los que mandan, y para otros, es una expresión de la fantasía, inagotable y arbitraria por naturaleza.
Acaso a Borges le presidía, con razón, el mundo de las paradojas: las bibliotecas son babeles infinitas, e infinitamente producen y reproducen espejismos que apenas tienen contacto con alguna realidad. Esto no es grave para nosotros, ordinarios consumidores de la noticia y del relato. Pero será un infierno para los historiadores que tomarán como fuente primaria los datos que cotidianamente consumimos como si fueran irrebatibles verdades.
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