
Lo que me gusta (y no) de Israel
Estoy desde el lunes en Israel haciendo una seria de notas para la revista.
He tenido tiempo al menos de recorrer Tel Aviv, Cesarea, Eilat, Timna. Aún me queda por visitar Jerusalén.
Además de las entrevistas específicas que vine a realizar (y que espero disfruten en la siguiente edición de la revista Expansión) comencé a garabatear las cosas que me gustan y las que no de -al menos- hacer negocios en este país:
Sí…al fuerte apoyo que hay a las inversiones, tanto locales como extranjeras.
El gobierno nacional según el tipo de proyecto y a la cantidad de empleos que se vayan a generar invierte con porcentajes de 5 hasta 40% (sin ser socio de la compañía).
No… a las extremas medidas de seguridad.
Por supuesto que es entendible que se controle dentro de un territorio que tiene una frágil seguridad geográfica, pero se vuelven muy paranoicos los largos (muy largos) interrogatorios en los aeropuertos internacionales y de cabotaje o que te palpen el cuerpo y revisen bolsas y carteras antes de ingresar a un espacio público.
Sí… a la flexibilidad de los proyectos políticos.
Los kibutz, por ejemplo, ya están en algunos casos migrando de sociedades cooperativas igualitarias a pymed exportadoras con números muy prometedores. De ser un experimento socialista con fuerte contenido de nacionalismo, hoy no temen animarse a evolucionar y ya hay casos como el de The Ahava, unas cremas en base a lodo del Mar Muerto que nació en un kibutz y que hoy se exporta a 12 países y factura 150 millones de dólares.
No… a los niveles de inmigrantes.
Si bien es cierto que cualquier judío que llega al país, directamente en el mismo aeropuerto en que desembarca puede gestionar sus papeles como ciudadano israelí, aquellos que nacen en el país no corren con la misma suerte. Conocí a un ejecutivo de Coahuila que acaba de ser padre y que su hijo con un permiso provisorio fue anotado en la embajada mexicana como mexicano y a pesar de que se le cayó el ombligo en Israel no tiene el estatus de israelí.
Sí… a los políticos que exigen a las empresas (para el pueblo, no para ellos).
Para muestra, el caso de Ahmsa. Altos Hornos de México está abriendo en un años una mina de cobre en Eilat. El intendente de la ciudad -Itzchak Ha’Leui- antes de que saquen una piedra de la montaña les ha ‘invitado’ a que construyan un estadio de basquetball techado para los adolescentes del lugar, un parque para los niños discapacitados y sin recursos, una reserva para una especie de venados en vías de extinción y con un par de coches de policía. En total han tenido que aportar 1 millón de dólares a la ciudad, en la que generará unos 600 empleos.
Si bien es cierto que la corrupción está ahora socabando la carrera del Primer Ministro Ehud Olmert (por haber recibido en los últios 15 años unos 150,000 dólares en total de un empresario de EU), los empresarios mexicanos coinciden que aqui solo se hacen las cosas por derecha (y hasta cuesta tomarles este pulso).
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