Economía

Cataluña, largo camino al separatismo

Las elecciones regionales negaron una mayoría absoluta a los separatistas liderados por Artur Mas; pero es sólo un triunfo parcial para el Gobierno central, liderado por el presidente Mariano Rajoy.

Por: David Gardner |
Miércoles, 28 de noviembre de 2012 a las 06:02

Financial Times — Cada año, en Cataluña, hay un concurso ferozmente disputado y pasionalmente observado por construir el mayor castillo humano: castillos de personas apiladas en tambaleantes capas hacia el cielo, sostenidos por una masa de humanidad unida estrechamente en la base.

Es una empresa que requiere de niveles extraordinarios de confianza colectiva y un propósito común, así como de una mezcla de audacia y enajenación mental; cualidades, quizá, de un pueblo decidido a convertirse en la nación que sienten que son.

Eso es lo que los catalanes tuvieron que considerar cuando votaron este domingo en unas elecciones históricas para decidir sobre su nuevo parlamento y Gobierno autónomo, el primer paso en el camino que los líderes locales nacionalistas han estado trazando con vías a su secesión de España, y a un enfrentamiento constitucional con el Gobierno central de Madrid.

En el evento, aunque los votantes han devuelto una mayoría independentista al parlamento catalán, tanto secesionistas como sindicalistas han hecho lo suficiente para atacar aún más, y para atajar el fuego cruzado de aquellos, como los socialistas, que argumentan a favor de un resultado federal a un problema que posiblemente se ha aplacado, pero que de ninguna manera ha sido resuelto.

A pesar de un aumento en el sentimiento separatista en los últimos meses, los votantes negaron cualquier cosa parecida a la mayoría absoluta a Artur Mas, presidente de la Generalitat y líder de Convergència i Unió (CiU), el partido gobernante de nacionalistas de centro-derecha, y en vez de ello impulsaron al partido secesionista Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) hacia el segundo lugar por primera vez.

Mas y CiU ganaron, a pesar de perder 12 escaños. Pero su intento por asegurar una "mayoría indestructible" para legitimar un referéndum sobre la independencia resultó contraproducente; para gran regocijo de Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno español, y su centro-derechista Partido Popular (PP), cuyos partidarios declararon que el líder catalán había hecho el ridículo y que ahora debe dejar la política.

Las cosas probablemente no resultarán tan sencillas.

El resultado ciertamente ha robado impulso al líder catalán. Después de que un gran mitin de separatistas prácticamente ocupara la capital catalana de Barcelona en septiembre, y de que Rajoy rechazara su demanda por una mayor autonomía fiscal, Mas buscaba y esperaba una "mayoría muy clara a favor de la soberanía" para darle la legitimidad necesaria para convocar un plebiscito sobre la relación de Cataluña con España. Él, personalmente, no lo entendió.

Sin embargo, la corriente nacionalista de CiU, junto con el centro-izquierdista ERC y las fuerzas secesionistas de izquierda, equivalen a una "mayoría a favor de la soberanía", sobre la cual partes del partido socialista catalán y la alianza Izquierda-Verde defienden el derecho de los catalanes a decidir su propio futuro. La perspectiva de un referéndum -que Rajoy dice que utilizará toda la fuerza de la ley constitucional para evitar- ha disminuido, pero no ha desaparecido.

Luciendo adusto, pero decidido después del resultado, Mas dijo que "una cosa es el derecho a decidir, pero otra es (nuestro) propio estado; para conseguir eso, con estos resultados, simplemente tendremos que seguir trabajando". Rajoy, que salió cuatro veces en la campaña electoral catalana, justificadamente sentirá ahora que puede hacer frente a las desgarradoras crisis económicas y financieras que envuelven a España sin el temor inmediato de un enfrentamiento constitucional; un resultado que sus compañeros líderes de la Unión Europea (UE) celebrarán.

La pregunta ahora es si el primer ministro y su partido -que llegó al poder hace un año con la ambición de revertir los aspectos de la transferencia de competencias en que se basó la transición de la dictadura franquista a la democracia hace más de 30 años- usarán esta oportunidad para buscar soluciones a los viejos resentimientos catalanes.

Si se regodean en lugar de negociar, la presión por la independencia catalana simplemente va a acrecentarse, como sucederá en el País Vasco, donde el Parlamento devuelto también tiene una mayoría a favor de la independencia tras las elecciones de autonomía del mes pasado.

La oleada secesionista catalana ha alertado a algunos en el Partido Popular sobre los peligros verdaderos de una ruptura.

"Lo que la independencia de Cataluña realmente significa es la desaparición de España como nación", dijo Alberto Ruiz-Gallardón, ministro de Justicia de España y una figura destacada en el partido, en una entrevista este mes.

Alicia Sánchez-Camacho, dirigente del PP en Cataluña, salió enérgicamente en defensa de la descentralización y en contra de un llamado para la recentralización del poder realizado por José María Aznar, el ex primer ministro. Aznar sigue siendo influyente en la derecha del partido a través de su centro de estudios FAES, que aboga por una reversión de la autonomía.

José Ignacio Wert, el ministro de Educación, que antes pertenecía a FAES, tocó la llaga en octubre cuando dijo al Parlamento que tenía la intención de "españolizar" a los alumnos catalanes. Sugirió que se les estaba lavando el cerebro para que aceptaran el separatismo a través del lenguaje catalán, el cual es impartido junto con el español en las escuelas locales.

Un punto de partida en la formación de la futura política hacia Cataluña sería examinar por qué la apuesta de Mas falló.

El líder catalán y el CiU, el partido de la burguesía catalana, habían conseguido durante mucho tiempo mantener una postura de deliberada ambigüedad sobre la independencia, y operar en alianzas ambidiestras con la izquierda y la derecha en Madrid, tanto mejor para asegurar la devolución de más poder a Barcelona.

Pero enfrentada al clamor por la soberanía, la camaleónica corriente nacionalista comenzó a adoptar los brillantes colores separatistas justo cuando la tradicional bandera señera catalana se transformó en el ahora omnipresente banderín separatista estrellado en el enfrentamiento futbolístico de octubre entre el FC Barcelona y el Real Madrid.

El objetivo era asegurar que CiU en lugar del ERC -el partido republicano del Gobierno catalán durante la época de la guerra civil de 1936-39- liderara el auge, aunque muchos nacionalistas tradicionales, sobre todo los democristianos dentro del CiU, se preguntaban si la independencia era un salto hacia la oscuridad. Al final, los republicanos secesionistas del ERC han cultivado la cosecha más grande, duplicando sus asientos.

Otra razón por la que Mas no logró lo que quería fue que su Gobierno de CiU presidió tres paquetes de profundos recortes presupuestarios y buscó un rescate fiscal por 5,400 millones de euros por parte de Madrid. Su Gobierno, por otra parte, había confiado en los votos del PP para 16 de las 18 medidas legislativas que aprobó en dos años.

Por otra parte, el objetivo declarado de hacer de Cataluña un "nuevo estado en Europa" sonaba menos emocionante una vez que quedó claro que tendría que solicitar la readmisión a la UE después de la independencia y que España tendría derecho de veto. Un informe de dudosa procedencia que apareció en la prensa derechista de Madrid en los últimos días, alegando que Mas y sus aliados tenían cuentas secretas en bancos suizos, también puede haber influido en los votantes.

Sin embargo, aunque todos estos factores pueden haber mitigado la ofensiva de Mas por ahora, la cuestión de cómo acomodar a Cataluña en una España plurinacional permanece. El status quo ya no es sostenible. La demostración de septiembre en Barcelona, dice un veterano estadista español, fue un "tsunami que ha cambiado los contornos del país". Aunque fue totalmente pacífica, añade, fue presentada en Madrid como una "manifestación fascista", una medida de la brecha que debe ser cerrada.

Ese abismo se abrió antes del inicio de la crisis de la eurozona, aunque la riña fiscal entre Madrid y Barcelona ha hecho que el ambiente mucho más tóxico; y ha atraído al negocio catalán hacia el campo separatista.

El punto de inflexión fue el frustrado intento liderado por los socialistas por mejorar el estatuto de autonomía de Cataluña, lanzado en 2003 y ratificado por los parlamentos de Barcelona y Madrid, y votado a través de una casi aclamación en un referéndum catalán. Pero en 2010, el Tribunal Constitucional en Madrid, a pesar de no haber ofrecido ninguna orientación previa sobre la legalidad de la reforma, lo revocó después de manifestaciones del PP, entonces en la oposición.

Mas fue entonces elegido para garantizar un pacto fiscal, un reparto más justo de los impuestos recaudados en Cataluña, a la luz del derecho del Gobierno vasco de cobrar sus propios impuestos, y remitir a Madrid alrededor de ocho veces menos por habitante que los catalanes. Barcelona, reconoce que, sin una transferencia neta al resto de España de alrededor del 8% de su producción económica, o 16,000 millones de euros, tendría un manejable déficit presupuestario y deuda pública como los vascos, que tienen una calificación crediticia mejor que el Reino de España, mientras que Cataluña ha sido reducida a la categoría de basura.

El País Vasco, con autonomía fiscal, ha resucitado su moribunda economía de cinturones industriales y la ha convertido en un centro de ingeniería, mientras que la riqueza relativa de Cataluña ha decaído, aunque sigue siendo más rica que la mayoría de las regiones españolas. En su abortada reunión de septiembre con Rajoy para renegociar los términos, Mas ofreció continuar con un alto nivel de transferencias presupuestarias a cambio de la autonomía fiscal. El primer ministro se negó incluso a hablar de ello, dicen los funcionarios de ambas partes.

La comunidad empresarial catalana, aunque nerviosa por la secesión, respalda a Mas en esto, resentida por lo que ve como intentos deliberados por parte de Madrid para sofocar la competencia de Barcelona, por ejemplo, reteniendo inversión vital en infraestructura. La concreción de una fusión entre el servicio catalán Gas Natural y Endesa, ahora bajo control de Enel de Italia, también duele.

"Espero vivir en un mundo en el que los españoles prefieran que la sede de Endesa esté en Barcelona en lugar de Roma", dice Andreu Mas-Colell, el jefe de Finanzas del Gobierno catalán. Un diplomático español añade: "Madrid era la capital política y Barcelona, la capital comercial, pero ahora Madrid quiere ser ambas y ellos lo resienten, y sienten que (Madrid) quiere asegurarse de que Barcelona siempre esté en segundo lugar".

Un líder empresarial catalán dice que las empresas locales han perdido la fe en que las cosas pueden mejorar bajo las reglas actuales, sobre todo ahora que el PP tiene mayoría absoluta en Madrid. "Antes, conseguíamos transferencias (de poder) e inversión porque el partido en el poder en Madrid necesitaba apoyo externo, no porque existiera un concepto dinámico de un estado de evolución".

Afrontar esa acumulación de agravios y resentimientos requiere ahora de un liderazgo, en ambos lados. Artur Mas se ha dejado algún margen de maniobra al no usar nunca la palabra independencia y prefiere decir que Cataluña necesita su "propio estado" - una fórmula que, en teoría, encaja dentro de una constitución reformada que ofrece a los catalanes más de lo que los vascos ya tienen. Pero si Rajoy se niega a ceder a partir de la situación actual, el camino hacia la independencia -prolongado por los resultados de las elecciones del domingo- se mantendrá abierto.

"Mas llegaría a un acuerdo si tan sólo pudiera conseguir uno", dice un veterano político con vínculos con Madrid y Barcelona. "Lo que hace esto irresoluble no es Cataluña, es que no hay liderazgo".


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