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Columna invitada

Reforma fiscal en EU: misión imposible

Renovar el sistema tributario del país podría ayudar a impulsar a la economía, dice James Politi; pero la resistencia de los grupos políticos y corporativos harán casi imposible ese proceso, opina.

Por: James Politi |
Martes, 29 de enero de 2013 a las 06:00

Financial Times — Pedro Alfonso, un veterano del negocio de la tecnología y las telecomunicaciones en Washington, tiene cinco fotografías colgando en la sala de conferencias de la pequeña empresa que fundó hace 34 años.

Muestran algunos de los proyectos más preciados de su compañía, como la modernización de los autobuses de la ciudad con equipos de datos en tiempo real y la construcción del sistema de vigilancia para el monumento conmemorativo de Martin Luther King Jr. en el corazón de la capital de Estados Unidos.

Desde su sede en un edificio de ladrillo rojo de una sola planta en el barrio de bajos ingresos al noreste de la ciudad, Alfonso dice que a lo largo de los años ha visto el ir y venir de los negocios, y que las condiciones han mejorado recientemente.

Sin embargo, en los años buenos y en los malos, lidiar con el código fiscal estadounidense siempre ha sido problemático. Su problema no es sólo el tamaño de su cuenta de impuestos, es la complejidad del sistema. Su compañía gasta 40,000 dólares al año, o aproximadamente el 4% de su ganancia anual, solamente en la preparación de impuestos.

Su segunda queja es acerca de la equidad y la forma en que las exenciones fiscales y evasiones de impuestos llevan a muchas grandes empresas estadounidenses y multinacionales a pagar menores tasas efectivas que su tienda de apenas 120 empleados. Como una de las llamadas entidades ‘pass-through' (sujetas a transferencia), su empresa es gravada a una tasa superior individual de casi el 40%. "Nosotros (los pequeños negocios) no podemos crear una gran superficie, llámala un viñedo o una granja de pastoreo y tomar una deducción antes de convertirla en un estacionamiento", dice Alfonso.

La consternación de Alfonso ante las desconcertantes lagunas corporativas y los costos de cumplimiento es sólo una voz más en un coro de insatisfacción acerca del sistema fiscal estadounidense que se ha vuelto más ruidoso en los últimos años. Entre las pequeñas y grandes empresas, y entre los políticos liberales y conservadores se ha creado un amplio y arrasador consenso de que el poco manejable sistema fiscal estadounidense es anticuado y necesita reparaciones.

Y las preocupaciones son aún más profundas de lo que Alfonso sugiere. El código fiscal de Estados Unidos está bajo escrutinio al ser una anormalidad internacional que no es capaz de obtener ingresos suficientes en un momento de grandes presiones presupuestarias, y que está sofocando el potencial económico y la competitividad de Estados Unidos en un momento en que el país trata desesperadamente de moverse hacia una recuperación más rápida.

Durante su segundo discurso de toma de posesión, el presidente Barack Obama dijo que una "renovación de nuestro código tributario" era un área en la que el país necesita "aprovechar las nuevas ideas y la tecnología". La pregunta para Obama es si él puede pastorear a un Congreso dividido para aliarse en torno a un plan para lograr la mayor reforma de impuestos estadounidense desde las históricas reformas de Ronald Reagan en 1986.

Desde entonces, la desigualdad de ingresos ha aumentado a medida que los salarios de la clase media se han estancado, y el dominio de Estados Unidos en el mercado mundial ha sido desafiado por el crecimiento de China y de otras potencias emergentes. Los cambios al código tributario son vistos como parte de la solución a estos problemas por parte de muchos políticos, economistas y analistas estadounidenses, aunque es poco probable que cualquier reforma pueda cambiar la marea en todas esas áreas a la vez.

Sin embargo, la receta básica para la reforma está establecida. Se trata -como en 1986- de bajar las tasas de impuesto sobre la renta, mientras que se amplía la base tributaria y se paga por los esfuerzos para eliminar o limitar ciertas exenciones fiscales. Algunas de las bases ya han sido establecidas. Los comités de redacción fiscal en el Congreso y la Casa Blanca han estado trabajando en los planes de la reforma fiscal durante los últimos dos años. Esos planes están listos para salir de los empolvados estantes cuando sea el momento adecuado.

Llegar a un acuerdo sería una tarea enorme, llena de potenciales peligros políticos que podrían condenarlo. Pero incluso si tuviera éxito, los economistas temen que no sea suficiente. Para que la reforma fiscal haga verdaderamente una diferencia para estimular la creación de empleo y la inversión, tendría que abordar la estructura básica de los impuestos estadounidenses.

Esto sería una tarea aún más difícil, ya que cuestionaría varias de las ‘vacas sagradas' del sistema: su dependencia a gravar los ingresos por sobre el consumo, el tratamiento preferencial de la deuda por sobre las acciones, su tratamiento no convencional de los ingresos internacionales, así como las grandes deducciones fiscales para intereses hipotecarios, contribuciones caritativas y la exclusión sobre el seguro de gastos médicos provisto por los empleadores.

Sin embargo, el primer obstáculo en la reforma tributaria vendrá cuando los legisladores tengan que establecer un objetivo de ingresos. El sistema tributario estadounidense generó 2.45 billones en ingresos durante el año fiscal 2012, no lo suficiente para cubrir los 3.54 billones en gastos del gobierno federal. El resultado fue el cuarto año consecutivo de déficit presupuestario por más de 1 billón de dólares registrado bajo la administración Obama.

Como proporción del producto interno bruto, los ingresos fiscales se encuentran en sus niveles más bajos desde 1950, justo por encima del 15%, y muy por debajo de la norma a largo plazo de más de un 18%.

Incluyendo impuestos estatales y locales, Estados Unidos sigue siendo un país de impuestos bajos en comparación con otros países desarrollados, con ingresos como porcentaje del PIB de 24.8% en 2010, comparado con un promedio de 33.8% para los países de la OCDE.

Aunque se espera que los ingresos fiscales de Estados Unidos aumenten de forma natural a medida que la economía mejora en los próximos años, pero no serán lo suficientemente grandes como para ajustarse a las promesas hechas por el gobierno estadounidense a su floreciente generación de jubilados baby boomers.

Para los políticos liberales y demócratas, incluyendo a Obama, la solución es subir los impuestos a los estadounidenses más ricos. Parte de ese objetivo fue cumplido el día de Año Nuevo, cuando el Congreso aprobó un aumento en la tasa impositiva máxima -para las familias que ganan más de 450,000 dólares por año- al 39.6% desde el 35%. Las tasas de impuestos sobre ganancias de capital y dividendos para los contribuyentes más ricos también fueron elevadas del 15% al 20%.

Pero los demócratas y Obama todavía quieren más ingresos, y están proponiendo limitar las deducciones para los ricos. Los republicanos dicen que esto no va a concretarse -incluso si respaldan la idea de limitar las exenciones fiscales para los ricos, dicen que los ingresos adicionales para el gobierno sólo deben provenir del crecimiento económico- y que el sistema de impuestos estadounidense ya es suficientemente progresivo.

Además, Estados Unidos es también único en su combinación de impuestos, dependiendo mucho menos de los impuestos al consumo y más en una combinación de impuestos sobre la renta y el salario que el resto de los países desarrollados. Por ejemplo, Estados Unidos no tiene un impuesto federal a las ventas o al valor agregado; esas tasas sólo se aplican a nivel estatal. Muchos economistas creen que añadir de un impuesto al consumo nacional, mientras se reducen los impuestos sobre la renta, podría estimular el crecimiento mediante el fomento de un mayor ahorro e inversión.

"Es difícil decir que hay algún tipo de nivel natural de impuestos al consumo contra ingresos, pero claramente se puede decir que el sistema estadounidense discrepa con las normas internacionales en este punto", dice Michael Mundaca, un ex funcionario del Tesoro bajo el mandato tanto de Barack Obama como de George W. Bush, y quien ahora trabaja en Ernst & Young. "Si hablas con los economistas, la mayoría te dirá que los impuestos sobre el ingreso son menos eficientes que los impuestos sobre el consumo y tienen efectos que distorsionan más la economía. Así que Estados Unidos debe analizar al menos su mezcla de impuestos si el propósito de la reforma es mejorar la eficiencia del sistema".

Algunos estados de Estados Unidos -en particular los dirigidos por gobernadores republicanos como Luisiana y Nebraska- están considerando eliminar o reducir su impuesto sobre la renta, y posiblemente aumentar los impuestos al consumo.

Pero a nivel nacional, los políticos de derecha e izquierda se estremecen ante la idea de un impuesto federal a las ventas. Los conservadores temen que esto marque una tendencia hacia el socialismo estilo europeo, mientras que los liberales están preocupados de que sería demasiado regresivo, y que afectaría  más a los pobres que a los ricos.

"Desde un punto de vista político, el prospecto de imponer un IVA del 15% o algo por el estilo y, esencialmente, tomar el 15% del consumo de las personas mayores es bastante polémico. Pero desde el punto de vista de la eficiencia económica de hecho es una buena característica, ya que no influye en las decisiones", dice Adam Looney, director de políticas del Proyecto Hamilton, un centro de estudios de Washington. "A diferencia de un impuesto sobre la renta, un impuesto al consumo no penaliza a las personas que ahorran y deciden consumir en el futuro por sobre a las personas que no ahorran y gastan en la actualidad".

Otra manera en que Estados Unidos podría aumentar los ingresos al tiempo que reduce las tasas de impuesto sobre la renta es mediante el establecimiento de un impuesto sobre el carbono, aunque eso también está fuera de las cartas políticamente hablando ya que muchas empresas industriales cabildean agresivamente en contra de ella. "Proporcionaría ingresos muy necesarios. También sería una excelente política energética y ambiental, así que creo que en el futuro la gente de Estados Unidos tendrá que seguir trabajando en esa dirección. Pero en este momento, obviamente, es muy difícil de ver", dice Chuck Marr, un analista de política fiscal en el Center on Budget and Policy Priorities.

Aunque las opciones tabú como un impuesto sobre el consumo o sobre el carbono pueden no ser viables en esta etapa, sí podrían volver a la agenda. Pero en el corto plazo, la lucha más grande en la reforma tributaria consistirá en identificar cuáles de las exenciones, exclusiones, lagunas y deducciones fiscales anuales tendrán que ser desechadas o limitadas con el fin de reducir las tasas y simplificar el sistema.

Looney del Hamilton Project dice que el código fiscal tiene todo tipo de "efectos perniciosos" que deben ser corregidos durante el proceso. "Dice que, para efectos fiscales, debes invertir en la extracción de petróleo, pero no en el comercio minorista; debes invertir en vivienda ocupada por sus dueños, pero no en camiones, deberías tomar tu compensación en forma de beneficios para la salud y no en salarios. Muchos creen que la gente estaría mejor si esas cosas se redujeran", añade Looney. Ese esfuerzo podría ser laborioso y enfrentaría a muchos grupos de la industria y sectores entre sí.

Estados Unidos también tiene que decidir si desea alejarse de su sistema internacional, el cual grava las ganancias extranjeras de sus empresas multinacionales, cuando el dinero es devuelto a Estados Unidos.

Los grupos empresariales han estado presionando por un cambio hacia un sistema territorial que no grave las ganancias extranjeras -que la mayor parte de los socios comerciales y competidores de Estados Unidos usan. Aunque el gobierno de Obama ha rechazado un cambio a un sistema territorial puro con el argumento de que podría potenciar la transferencia de operaciones hacia el extranjero, bien podría establecerse un sistema híbrido que no grave las ganancias en el extranjero, que imponga protecciones sólidas contra el abuso del sistema.

Al mismo tiempo, a las empresas les gustaría ver una reducción en la tasa del impuesto de sociedades desde el 35%, una de las más altas del mundo, y más incentivos fiscales permanentes para la investigación y el desarrollo, que actualmente son menos generosos -y a menudo temporales-, en comparación con los de otros países. "Devolvería competitividad a nuestros miembros", dijo Dorothy Coleman, vicepresidenta de políticas fiscales y de economía interna de la Asociación Nacional de Fabricantes. "La innovación es el elemento vital de la fabricación. Su capacidad para desarrollar nuevos productos es realmente la clave para su rentabilidad y capacidad para contratar gente nueva y expandirse", añade Coleman.

De vuelta en el negocio de Alfonso, únicamente hay expectativas modestas de que Washington pueda resolver sus problemas fiscales. Como miembro de la Asociación Empresarial de Pequeños Negocios y de la campaña Fix the Debt, que está presionando por un amplio acuerdo fiscal bipartidista, Alfonso tiene cierta experiencia con los legisladores. "Al hablar ante el Congreso y pedir acción ante la crisis de deuda, yo estaba convencido de que están atrincherándose en la política partidista".

Impuestos personales

Hipotecas

A los propietarios se les permite deducir los intereses sobre su préstamo hipotecario de su ingreso gravable. Limitar o eliminar este beneficio popular y ampliamente utilizado podría provocar la ira de los propietarios de viviendas en todo el país. La industria de la vivienda se opone a los esfuerzos por finalizarlo.

IVA

Estados Unidos no tiene un impuesto federal al consumo, prefiriendo imponer impuestos sobre la venta de bienes y servicios a nivel estatal. La promoción de un IVA nacional está de moda en los círculos políticos de Washington, pero los liberales y los conservadores en el Congreso se oponen.

Caridad

Los contribuyentes estadounidenses pueden deducir las donaciones caritativas de sus impuestos. Esta es una de las fuerzas impulsoras detrás del financiamiento de los grupos filantrópicos estadounidenses, que dependen de las contribuciones deducibles de impuestos. Las organizaciones de beneficencia y grupos religiosos se levantarían en armas si esta disposición fuera reducida.

Impuestos corporativos

Carbono

Una tasa sobre las emisiones de carbono podría aumentar los ingresos y ayudar a reducir los gases de invernadero que dañan al medio ambiente. Sin embargo, existe la preocupación de que esto podría dañar a la industria, y la Casa Blanca se opone. Aunque fuera propuesta, sus posibilidades en el Congreso serían escasas.

Negocios

Estados Unidos grava las ganancias de capital y los dividendos a una tasa del 20% para los mayores ganadores -más bajo que el ingreso ordinario- con el fin de fomentar la inversión y la formación de capital. Wall Street se opondría a los esfuerzos por aumentar más esa tasa.

Salud

Un seguro de salud proporcionado por el empleador es libre de impuestos en Estados Unidos, una política que data de la década de 1940. Los esfuerzos realizados para acabar con el tratamiento especial al seguro de salud del empleador han expresado su preocupación de que esto reduciría la cobertura, y la exención de impuestos se ha mantenido intacta.

Puntos clave

* Fórmula mágica: Como en 1986, la receta para la reforma consiste en bajar las tasas de impuesto sobre la renta, mientras que se amplía la base tributaria y se limitan las exenciones fiscales.

* Impactante déficit: El sistema tributario generó 2.45 billones de dólares en ingresos en 2012, no lo suficiente como para cubrir los 3.54 billones de dólares en gastos del gobierno federal

* Idea tóxica: Un impuesto al carbono es considerado políticamente fuera de la mesa de negociación ya que muchas empresas industriales cabildean agresivamente contra él.

 


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