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EU y Europa, a ‘reavivar’ su relación

El plan para crear un área de libre comercio entre ambas regiones enfrenta varios retos de inicio; ambas regiones deben plantear sus intereses geopolíticos, que han tenido otras miras.

Por: Philip Stephens |
Lunes, 18 de febrero de 2013 a las 06:02

Financial Times — En los distantes días en que el partido conservador de Inglaterra era decididamente proeuropeo, Margaret Thatcher solía observar que el argumento para un compromiso firme con los vecinos de Gran Bretaña estaba por encima de todo lo político. El propósito del mercado común se extendía más allá de los beneficios económicos que corresponderían a los miembros. El papel de Gran Bretaña en el mundo ha menguado. Europa era la plataforma desde la cual podía aprovechar su influencia.

El paralelo es necesariamente inexacto, pero algo parecido se puede decir sobre los planes para una zona de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE). Una Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (en inglés, Transatlantic Trade and Investment Partnership, que es como sería llamada), sin duda, proporcionaría un impulso muy necesario a los estándares de inversión, crecimiento y vida. Pero los riesgos son mayores.

Los países avanzados están perdiendo terreno frente a los estados emergentes. El flujo de poder hacia el oriente y el sur coloca un signo de interrogación sobre la importancia del 'occidente'. Al igual que el lugar de Gran Bretaña en Europa, el argumento primordial para un acuerdo comercial transatlántico es geopolítico. La economía es un medio para un fin. La recompensa es el avance del orden político liberal que últimamente parecía en retirada.

Barack Obama nunca ha sido seducido por Europa. Las partes del mundo que han exigido su atención han sido el amplio Medio Oriente y Asia del este. La estrategia de Washington -el llamado pivote- ha sido atraer recursos procedentes del primero, poniendo fin a las guerras en Irak y Afganistán con el fin de desviarlos hacia el segundo. El enfoque estadounidense sobre China es al mismo tiempo el de atraer a Pekín y "cubrirse" contra él al reforzarse en el Pacífico. En las ocasiones en que Europa ha llamado la atención del presidente estadounidense, ha sido en gran parte debido a que la crisis de la eurozona amenaza con descarrilar la recuperación económica global y de Estados Unidos.

Naturalmente, Europa ya no es el centro de interés geopolítico de Estados Unidos. Bajo el liderazgo de Vladimir Putin, Rusia está decidida a ser un problema en declive. Al carecer de la capacidad de acción, el enfoque de Putin es trastornar. Pero los tanques oxidados de Moscú apenas representan una amenaza. El líder ruso es alguien a quien se debe complacer en vez de temer.

Dicho esto, los informes sobre la desaparición de la relación transatlántica han sido exagerados. Pese a que las debilidades de la OTAN han sido expuestas por la derrota a manos de los talibanes en Afganistán, sigue siendo la alianza militar más poderosa del mundo. Juntos, Estados Unidos y la UE siguen representando casi la mitad de la producción y el 30% del comercio mundial. Las reservas de inversión compartida ascienden a más de 3.5 billones de dólares. Esta clase de cifras hablan de una interconexión -e interdependencia- sin precedentes.

Si los números bilaterales importan tanto, del mismo modo lo hace el interés compartido en preservar un orden internacional abierto y basado en las normas como el mejor garante de la seguridad de Occidente. Los valores, intereses y el peso militar de Estados Unidos y Europa están perfectamente alineados. Pero en todo, desde la proliferación nuclear y el terrorismo internacional hasta la piratería en el Océano Índico y la guerra cibernética, están mucho más cerca uno del otro que con cualquier otro país o región.

Si el poder en el mundo moderno se mide a menudo en secas estadísticas económicas, la seguridad duradera reside en la amplia aceptación de las normas y valores internacionales, así como en la fuerza militar bruta. Cuando Washington quiere que se haga algo en la ONU, recurre en primer lugar y sobre todo a sus aliados europeos, y cuando Francia necesita ayuda en Malí, Estados Unidos es el aliado que más importa.

Lo que los europeos y los estadounidenses necesitan es un proyecto para recordarles la importancia de esta relación y de su capacidad compartida para determinar los acontecimientos, algo para reemplazar el pegamento que se perdió al final de la guerra fría, así como para convencer a los electores de que los políticos están haciendo algo para sacar a las economías de la recesión.

Los beneficios económicos potenciales fueron expuestos en el informe conjunto publicado esta semana por la Casa Blanca y la Comisión Europea. Un acuerdo para abolir los aranceles, eliminar las barreras regulatorias y crear un mercado integrado podría añadir alrededor de 0.5% anual al ingreso nacional a ambos lados del Atlántico. También establecería a Estados Unidos y a la UE como el supremo establecedor de estándares ante el resto del mundo. El objetivo no debe ser excluir, sino demostrar que la influencia económica de Occidente se puede traducir en normas globales.

La eliminación de los aranceles será la parte fácil, aunque nunca se debe subestimar la obstinación retrógrada de los cabilderos agrícolas. Profundizar en el mundo de las normas de competencia y las preferencias culturales, el comercio entre empresas, los regímenes fiscales competitivos o los derechos de propiedad intelectual, y definir una zona de libre comercio, se convierte en un ejercicio casi metafísico. Los europeos pueden dar fe, gracias a su propia experiencia en la UE, de que la armonización también tiene una tendencia a chocar con las susceptibilidades nacionales de soberanía.

La respuesta ha de ser ambiciosa, pero no demasiado ambiciosa, para evitar convertirse en enemigo de lo bueno. Si las dos partes fueran a recibir un 50% de lo que es teóricamente posible, eso marcaría un avance trascendental. El otro riesgo es que la propiedad de las negociaciones recae en las manos de los tecnócratas. Los expertos en, digamos, la higiene de los alimentos o las adquisiciones públicas siempre pueden encontrar razones para estar en desacuerdo. Las negociaciones tendrán éxito sólo si los políticos muestran mano dura.

Por su parte, los políticos deben tener en cuenta lo que está en juego en estos debates arcanos. El sistema internacional emergente es a la vez más multipolar y menos multilateral. El orden mundial ha dejado de pertenecer al occidente - y tampoco debería, dirían muchos. Sin embargo, lo que importa es que el sistema permanece arraigado en algunos valores básicos universales: el Estado de Derecho, la seguridad colectiva, el respeto por la dignidad humana y la rendición de cuentas por parte del gobierno son algunos de ellos. Ése es el verdadero objetivo.


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