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Columna invitada

El triste récord de la austeridad fiscal

Países externos a la eurozona optaron erróneamente por realizar ajustes fiscales, dice Martin Wolf; cuanto mayor fue la austeridad en estas economías, mayor fue la caída en la producción, menciona.

Por: Martin Wolf |
Jueves, 28 de febrero de 2013 a las 06:02

Financial Times — En la Cumbre de Toronto del Grupo de las 20 economías líderes en junio de 2010, países de altos ingresos recurrieron a la austeridad fiscal. Las emergentes crisis de deuda soberana en Grecia, Irlanda y Portugal fueron una de las razones para ello. Los políticos estaban aterrorizados por el riesgo de que su país se convirtiera en Grecia. El comunicado del G20 fue específico: "Las economías avanzadas se han comprometido con planes fiscales que reducirán al menos por la mitad el déficit para 2013 y estabilizarán o reducirán la relación de deuda pública respecto al PIB antes de 2016".

¿Era eso necesario y sensato? No.

La zona euro estaba en el centro de la crisis de la deuda soberana que asustaba al mundo. El rápido ajuste fiscal se consideraba esencial para los gobiernos con problemas. Esa visión, a su vez, persuadió a aquellos que no estaban todavía sujetos a la presión del mercado para ajustar de forma preventiva. Ésa fue en gran medida la posición del gobierno de coalición del Reino Unido.

La idea de que volverse Grecia era algo probable ganó fuerza en Estados Unidos también, sobre todo entre los republicanos. La batalla de hoy en día sobre el ‘secuestro' (recortes automáticos al gasto gubernamental) es parcialmente producto de esa preocupación.

Un importante y, en mi opinión, persuasivo defensor de la opinión contraria es el economista belga Paul de Grauwe, ahora en la London School of Economics. Ha argumentado que las crisis de deuda de países de la eurozona fueron el resultado de las fallas de política de los bancos centrales europeos.

Debido a su negativa a actuar como prestamistas de último recurso para los gobiernos, sufrieron de riesgo de liquidez; los costos de endeudamiento aumentaron porque los compradores de bonos no confiaban en que serían capaces de vender fácilmente en cualquier momento. Eso, y no la insolvencia, era el peligro inmediato.

Hoy en día, afirma el profesor De Grauwe en un ensayo del que es coautor, la decisión en principio del BCE de comprar la deuda de gobiernos en problemas, a través de las llamadas ‘transacciones monetarias directas' (OMT, por sus siglas en inglés), permite poner a prueba su hipótesis.

Señala que el principal factor determinante de la reducción de los diferenciales sobre los bonos alemanes desde el segundo trimestre de 2012, cuando fueron anunciadas las OMT, fue el diferencial inicial. En resumen, "la disminución de los diferenciales fue más fuerte en los países en los que el factor miedo había sido más fuerte".

¿Qué papel jugaron los fundamentos? Después de todo, nadie duda de que algunos países, en particular Grecia, tenían y tienen una posición fiscal terrible. Uno de esos fundamentos es el cambio en la relación entre la deuda y el producto interno bruto. El ensayo hace tres observaciones importantes. En primer lugar, la relación entre la deuda y el PIB aumentó en todos los países, incluso después del anuncio del BCE.

En segundo lugar, el cambio en esta relación resultó ser un pobre indicador futuro de la disminución en los diferenciales. Por último, los diferenciales determinaron la austeridad asumida por los países. Paul Krugman de The New York Times añade un punto adicional: la austeridad fue costosa para las economías afectadas: cuanto mayor fue el ajuste entre 2009 y 2012, según el Fondo Monetario Internacional, más grande fue la caída en la producción.

Si hubiera adoptado antes las OMT, el BCE podría haber evitado el pánico que condujo a los diferenciales que justificaron la austeridad. No lo hizo. Decenas de millones de personas sufren de adversidades innecesarias. Es trágico.

Sin embargo, puedo ver dos argumentos para el comportamiento del BCE. El primero es que la ayuda sólo podía seguir a una voluntad manifestada de adoptar la austeridad. En segundo lugar, como el último informe del European Economic Advisory Group señala acertadamente, los problemas reales han estado desestabilizando los flujos de capital, los desequilibrios externos y deteriorando la competitividad, no los déficits fiscales.

Pero uno puede justificar la austeridad fiscal, por más brutal que sea, como la única manera de forzar los ajustes de costos relativos y las reformas necesarias en el mercado laboral. Mi colega, Wolfgang Münchau, argumenta que lo contrario es cierto. Pero me pregunto si la zona euro sobrevivirá a su curación. Los países del núcleo estarían mejor si dieran más tiempo al débil para ajustarse.

Los países no pertenecientes a la zona euro han estado en una posición muy diferente. No tenían por qué temer el aumento en los diferenciales de los miembros de la eurozona debido a que no enfrentaban problemas similares de liquidez. En una primera aproximación, el rendimiento de los bonos soberanos del Reino Unido o de Estados Unidos debería reflejar las tasas de interés futuras a corto plazo esperadas, con una prima de riesgo menor, debido a que el impago absoluto es inconcebible.

La opinión generalizada de que los rendimientos podrían elevarse es una apuesta por un alza en la inflación. Si bien la inflación ha sido más persistente de lo que muchos esperaban, un alza así parece poco probable. Los monetaristas pueden señalar que el crecimiento en las medidas generales de la oferta de dinero es bajo. Los keynesianos pueden señalar el exceso de ahorro en el sector privado. Ninguno de ellos apunta a la creciente presión inflacionaria.

Por lo tanto, el pánico que justificó la adopción del gobierno de coalición del Reino Unido de un programa de austeridad a largo plazo fue un error. ¿Acaso sus miembros nunca oyeron hablar de la paradoja del ahorro? Si los sectores privados nacionales y externos reducen gastos, el sector público no puede esperar tener éxito al hacer eso, por mucho que lo intente, a menos que esté dispuesto a conducir a la economía a una recesión mucho más grande.

Si bien los factores a corto plazo han jugado un papel real, no es de extrañar que la recuperación del Reino Unido se haya estancado y que el déficit sea tan persistente. En consecuencia, tampoco es sorprendente que las rebajas de calificación estén en camino, y no es que éstas digan algo muy útil en el caso de un emisor con acceso a su propia máquina de impresión de dinero.

Como Simon Wren Lewis de la Universidad de Oxford señala: "Después de que el pánico de 2010 terminó, cuando se hizo evidente que la crisis de deuda era en realidad una crisis de la eurozona y que las tasas de interés a largo plazo del Reino Unido cayeron junto con la suerte de la economía, debimos haber tenido un cambio importante de política".

¿En qué consistiría ese cambio de política? La respuesta es simple. En primer lugar, debe prestarse atención a por qué el sector corporativo no financiero del Reino Unido está ejecutando lo que parecen ser superávits financieros estructurales, como señala Andrew Smithers de la consultora económica londinense Smithers & Co.

En segundo lugar, la austeridad en el gasto corriente tiene que estar expresamente supeditada a la economía: más cuando la economía crece más rápido y menos cuando la economía crece más lentamente. En tercer lugar, deben hacerse todos los esfuerzos para acelerar las reformas estructurales que podrían alentar una mayor inversión por parte del sector privado.

En cuarto lugar, el sector bancario debe admitir sus pérdidas y aceptar la recapitalización necesaria para comenzar a prestar de nuevo. Por último, el gobierno debe reconocer que las actuales tasas de interés ofrecen una oportunidad única en la vida para aumentar la inversión pública.

A largo plazo, el déficit fiscal debe cerrarse. En el corto plazo, Reino Unido tiene la oportunidad de impulsar el crecimiento. Debería tomarla. Y Estados Unidos también.


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