Chip en clientes ayuda a mercadólogos
En Holanda ya implantan chips en el cuerpo que sirven para pagar y almacenar hábitos de consumo; del tamaño de un arroz, se pone en el antebrazo voluntariamente y cuesta alrededor de 1,000 euros.

Cien clientes del bar holandés Baja Beach Club tienen el chip por gusto. (Foto: Especial)
Cuando Arno quiere pagar las bebidas, basta que aproxime el brazo al barman y, como si se tratara de un código de barras, el escáner cargará la cuenta a su crédito. Eso es posible porque tiene implantado un diminuto chip, provisto con tecnología de identificación por radiofrecuencia, o RFID, por sus siglas en inglés, y una memoria para almacenar una inmensa cantidad de información.
Más de 100 personas han decidido implantarse uno desde que, a finales de 2004, y con autorización del gobierno holandés, el Baja Beach Club comenzó a ofrecerlo a sus clientes VIP como sistema de pago. A Gerbscheid le gusta estar a la vanguardia y lo considera cómodo: adiós a las tarjetas de crédito o a los documentos de identidad.
Además, el chip es sencillo de implantar. Un doctor es el responsable de realizarlo: previa consulta para descartar alguna contraindicación, anestesia el antebrazo del cliente y, con una jeringa, implanta el chip hecho de cristal justo debajo de la piel, lo que provoca una leve sensación de presión. La operación dura segundos y no deja cicatriz. El costo para los clientes: 1,000 euros (unos 18,400 pesos), incluye el chip, una membersía VIP y un crédito de 1,500 euros en el Baja Beach Club.
“En 20 años será normal traer un chip implantado, y lo cargaremos toda la vida”, apuesta Jo van Galen, dueño del Baja Beach Club. Más aún, él está convencido de que los dispositivos contendrán “todo tipo de información”, y no solamente la básica que le proporcionan sus clientes.
Ése es el sueño de muchos mercadólogos y compañías, que invierten grandes sumas en desarrollar herramientas para conocer, al máximo detalle, los usos y costumbres de sus clientes. En este mundo hipercompetitivo, la clave es la microsegmentación, es su credo ahora.
Sin embargo, la polémica que despierta la tecnología RFID es tan grande como su promesa de facilitarles la vida. Cadenas como Wal-Mart masificaron su uso en las mercancías. Las etiquetas con este chip transmiten un número de identificación único, lo que facilitó a las empresas la gestión de las existencias y redujo las pérdidas por robo.
Tan sólo en 2005 se vendieron más de 600 millones de esas etiquetas, no siempre colocadas a la vista del comprador, como ocurre con la ropa o el calzado. En una década, el número de etiquetas RFID en circulación podría superar los 250,000 millones, según la Comisión Europea.
Ese peculiar sistema de interconexiones entre mercancías y receptores, consecuencia de esta tecnología, ha desarrollado un fenómeno digno de la ciencia ficción: el de las ‘cosas que se comunican con cosas’.
Ya este chip en productos ha generado inquietud entre los europeos, que lo perciben como una amenaza a su privacidad. De acuerdo con un sondeo de la consultora Cap-gemini, realizado entre 2,000 personas en Francia, Gran Bretaña, Holanda y Alemania, 52% se declaran muy preocupadas de que las empresas puedan rastrearlos a través de los productos que compran, y 59%, de que sus hábitos de consumo derivados de esos etiquetados sean puestos a disposición de un tercero.
Hay dos clases de microchips RFID: los ‘pasivos’, cuya información sólo puede ser leída a corta distancia por un escáner, y los ‘activos’, que disponen de una antena transmisora de datos a largas distancias, parecido a un sistema de posicionamiento global (GPS). Los promotores del RFID estiman que una confusión entre ambas es la raíz de ese miedo.
En todo caso, en EU y Europa han surgido influyentes organizaciones militantes contra estos etiquetados ‘espía’. Por eso atrajo tanto la noticia de que jóvenes se implantaban, de manera voluntaria, microchips en un club. Fue la primera vez que se usaron para fines puramente comerciales. Hasta entonces, esa tecnología la empleaban los gobiernos en personas, sobre todo para la localización a distancia de sus tropas o diplomáticos en misión. En México, en julio de 2004, el entonces procurador general de la República, Rafael Macedo de la Concha, y 17 de sus colaboradores, se implantaron un chip que les dio acceso exclusivo a lugares donde se archivan investigaciones confidenciales.
Fue en el área de la salud en la que las compañías que lo fabrican encontraron un nicho propio. El gobierno de EU les autorizó venderlo a hospitales y, directamente, a pacientes delicados. Así, en caso de emergencia, un médico podrá conocer el expediente del enfermo con sólo escanear el chip. En Europa también comienza a darse ese uso médico.
La compañía estadounidense VeriChip encabeza el mercado de implantes humanos RFID. Su competidora es la británica Trovan. El mercado de esta tecnología, incluyendo plataformas operativas, sistemas y servicios, alcanzará un valor de 24,000 MDD en 2016, estima la Comisión Europea. Firmas de alta tecnología como Microsoft, Intel o Cisco, empujan su promoción.
Actualmente, el segmento de los implantes humanos es mínimo, aunque puede crecer exponencialmente si prospera su controvertido uso comercial. La primera experiencia en esa dirección la intentó llevar a cabo la sucursal del Baja Beach Club en Barcelona, que comenzó a implantar chips entre sus clientes VIP unos meses antes que sus socios de Rotterdam.
El propietario de la época, Conrad Chase, deseaba dar un golpe mediático, y lo logró. Pero quiso ir más allá: pensó en establecer una red de discotecas, restaurantes y tiendas de moda que, con apoyo de una tarjeta de crédito, compartieran el mismo sistema RFID. La idea no cuajó.
“Es muy pronto para eso. Las políticas de protección de datos personales son muy estrictas”, señala el holandés Steve van Soest, ex gerente del Baja Beach Club de Barcelona, cuyos nuevos dueños decidieron suspender la oferta de los chips en 2008, que en, ese caso, costaban 125 euros y eran fabricados para VeriChip por una división de la productora de armamento estadounidense Raytheon.
Esa experiencia, que continúa en Holanda, detonó la imaginería. Una de ellas es la creación de una megarred de información sobre hábitos de consumo, y en tiempo real. Imaginemos: cada consumidor portaría en su microchip su historial de compras, que se actualizaría en cuanto realizara una operación comercial: sería su ‘identidad económica’. Un sistema central se encargaría de ordenar la gigantesca masa informativa para fines mercadotécnicos. Las tiendas podrían acceder a los datos relevantes del consumidor, una vez que éste activara un escáner al ingresar al local. Así, en la computadora del negocio se desplegaría un perfil, más preciso que los de hoy en día, de las preferencias de consumo del visitante. Una tienda podría saber cuántas veces en el mes entra un cliente, cuántas de ellas compra, cuánto y qué.
El escenario, que retomó incluso en un reportaje la respetada televisora francoalemana ARTE, plantea algunas inquietudes: ¿Cuántas personas aceptarían un implante?, ¿quién se encargaría de concentrar y controlar la información?, ¿los gobiernos flexibilizarían las leyes de protección a los datos personales y la privacidad?
Por lo pronto, en cuanto al experimento del Baja Beach Club, el reconocido periodista alemán Günter Wallraff lo contempla como toda una revolución socioeconómica: “El nacimiento del hombre-objeto”.

