
| Publicado: Miércoles, 07 de octubre de 2009 a las 06:00 |
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Gabriel Bauducco es el autor del libro “Imperio de papel”. (Foto: Especial)
La actriz Laura Zapata es una de los cientos de defraudados por Stanford. (Foto: Carlos Aranda/Monda Photo)
Éste es el testimonio real, íntimo y revelador, de uno de los hombres que formó parte de un escuadrón de captadores de dinero que, alrededor del mundo, construyó ese imperio llamado Stanford Financial Group y que hasta finales del año 2008 (sólo en Stanford International Bank) había conseguido recaudar 8,400 millones de dólares (MDD), con un valor total del grupo de alrededor de 50,000 MDD. El libro resuelve importantes dudas que han quedado sin respuesta, por ejemplo: el entrenamiento de los captadores, el mundo de lujos y excentricidades que los rodeaba, cómo convencían a la gente para que les confiaran su patrimonio, cómo sacaban el dinero de México, cómo operaba el banco y, más importante, qué sucedió al interior de la empresa cuando sus puertas cerraron en medio de un gran escándalo.
El hombre X
Con su conversación amable y sus buenos modales, se ha parado delante de hombres y mujeres que le dieron dinero. Mucho dinero. Varios millones de dólares, que ya no están. Sencillamente, desaparecieron.
Durante el gobierno de Vicente Fox fue lanzado Stanford Fondos México, una distribuidora de fondos creada y regulada bajo las autoridades mexicanas “con la que sí se podían captar inversionistas locales”. El proceso fue largo y requirió trámites y licencias de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV).
El hombre X asegura que antes de que lanzaran Stanford Fondos, la competencia ya los tenía entre ceja y ceja, porque se sentían impotentes ante los resultados que ellos podían ofrecer. “Te decían: ‘Oye, cabrón, ¿qué les das?’ ‘Lo que tú no puedes darles –respondíamos–. Un buen servicio y un buen rendimiento. Yo los cuido. Tú sigue operando al estilo de los 80. Yo soy una boutique de banca privada’”.
Ser parte de la familia implicaba también participar en un sistema de comisiones que podía fluctuar bastante. Los asesores debían mantener un nivel de captación, sí, pero también tenían que sostener una cartera de clientes. Entonces, eran sujetos de ganar la comisión máxima que podían obtener, 1% de su captación. De lo contrario, alcanzaban sólo 0.75%. Si el trimestre siguiente tampoco lograban su meta, su comisión bajaba a 0.5%. Así que no era suficiente que consiguieran 2 millones de dólares (MDD) en un trimestre si acababan de perder un cliente de 500,000 dólares.
Gente muy importante
Se calcula que había cerca de 4,500 clientes que tenían su dinero invertido en el banco de Antigua y que juntos sumaban más o menos 1,200 MDD. Eso implica que cada uno tenía una inversión promedio que rondaba el cuarto de millón de dólares. Sin embargo, es sabido que el certificado mínimo que un cliente podía comprar era por 10,000 dólares. Cuestión que deja entender que había personas con inversiones mucho mayores. El hombre X asegura que México no llegó a los niveles de Venezuela en el rango de inversión y que el cliente con más dinero entregado al banco rondaría los 50 MDD. Los primeros días de febrero, los ejecutivos de México comenzaron a recibir algunas llamadas de clientes inquietos. Era normal que, de vez en cuando, una transferencia se demorara por algún error de captura en el sistema que utilizaban, llamado Swift. Pero cuando los ejecutivos descubrieron que muchos tenían el mismo problema, sospecharon que no se trataba de un error particular, sino de una situación que se estaba extendiendo.
Los pantalones largos y las patas cortas
Los gobiernos de Estados Unidos, Venezuela y México marcaron tajantemente su posición frente al caso Standford, llegaban misteriosos correos electrónicos de diferentes asociaciones y la información que recibían los captadores era, en el mejor de los casos, inverosímil. En ese momento lo tuvieron muy claro… Estaban solos.
(…) De hecho, Stanford Fondos México funcionaba apegado a las regulaciones locales y todas las personas que tenían su dinero invertido allí, lo recuperaron con el paso de los días. Sin embargo, quienes habían mandado su dinero a Stanford International Bank, en Antigua, e, incluso, probablemente habían obviado el pequeñísimo detalle de informarle a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, son los que ahora tienen problemas.
Lavar o no lavar, ése es el dilema
¿Es posible que nadie sepa dónde está el dinero de Stanford? Podría seguir en el banco, podría haber sido confiscado por las autoridades de EU para beneficiar a inversionistas estadounidenses. En este momento es especulación, pero nadie mejor que el hombre X para seguir el rastro electrónico. Las teorías sobre los posibles
canales de la fuga del dinero comenzaron a proliferar. Una de ellas asegura que Allen Stanford se autoprestó 1,600 MDD. ¿Para qué? La especulación no ha llegado tan lejos para responder esa pregunta. Acaso el estilo de vida pomposo que Stanford había decidido otorgarle a sus negocios era demasiado oneroso para los tiempos que vivimos, y no era posible mantenerlo sin socavar directamente las inversiones de los clientes.
Este texto es un extracto de pasajes del libro Imperio de papel, de Gabriel Bauducco, editado por Ediciones B.
Son los días en que la Ciudad de México está parada por obra y gracia de la influenza humana y las oficinas de Ediciones B están casi vacías; unas pocas personas nos reunimos allí. Así lo haremos durante un par de meses, mientras yo escribo a la velocidad del rayo. Mientras tanto, las noticias sobre el caso Stanford se derramaban de manera irregular en los medios de comunicación y nosotros corríamos contra reloj, para alcanzar los hechos que movían, al menos un poco, el rumbo de la historia en la que estábamos trabajando. También los encuentros con el hombre X, un empleado de Stanford en México, fuente del libro, suceden durante dos meses.
Al principio, espaciados; luego, casi todos los días cuando se acercaba la fecha de entrega. Todo sucedía al mismo tiempo: las entrevistas, la escritura de madrugada, el proceso de edición, la corrección posterior y la obsesión de los integrantes del equipo por revisar minuciosamente el texto, con el afán de encontrar cualquier dato que pudiera delatar la identidad de mi informante. Todos ellos trataban de adivinar. Yo, me aseguraba de haber ocultado perfectamente los detalles que podrían identificarlo.
Nadie más que yo conoce su identidad. Y así permanecerá por siempre.
Gabriel Bauducco
