El fin de la era Madoff

Cometió uno de los fraudes más grandes de Wall Street. Hoy, preso, dice: ?soy una buena persona?.

Viernes, 08 de abril de 2011 a las 09:22
“No soy el monstruo que todos creen”
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New York Magazine — Cierta tarde, recibí una llamada en mi teléfono de casa. "Usted tiene una llamada por cobrar de Bernard Madoff, un recluso en una prisión federal", anunció una grabación. Y ahí estaba.

Bernard L. Madoff asiste a sesiones de terapia. Cada semana, espera la señal que indica que los reclusos pueden salir de sus unidades habitacionales, y camina unos cinco minutos de su "cuarto", como él lo llama, a la unidad psiquiátrica en el Federal Correctional Institution en Butner, North Carolina, donde se deshoga. En las sesiones, frecuentemente derrama lágrimas.

"¿Cómo pude hacer esto?" se pregunta. "Estaba ganando mucho dinero. No necesitaba el dinero. ¿[Soy] un personaje fallido?".

De alguna manera, Madoff no ha tratado de evadir la culpa. Ha hecho una confesión completa, repitiéndome una y otra vez que nada justifica lo que hizo. Sin embargo, para Madoff, con eso no basta. Se siente incomprendido. No puede soportar la idea de que la gente lo considera una persona siniestra. "No soy el tipo de persona que la gente dice", me dijo.

Y entonces, sentado a solas con su psicóloga, vistiendo sus kakis carceleros que él mismo plancha, busca consuelo.

"Todos afuera seguían diciendo que yo era un sociópata", le dijo Madoff un día. "Le pregunté, ¿Soy un sociópata?'". Esperaba con ansias la respuesta, sus párpados abriendo y cerrando con fuerza, ese tic famoso. "Me dijo, ‘Absolutamente no eres un sociópata. Tienes moral. Sientes remordimiento'".

Madoff toma una pausa mientras relata esto. Su voz se calma. Me dice: "Soy una buena persona".

No hay mucha gente que estaría de acuerdo. Para la mayoría de las personas, Bernie Madoff es un monstruo; traicionó a miles de inversionistas, hizo quebrar a organizaciones de beneficencia y hedge funds. En teoría, su esquema Ponzi perdió casi 65 mil millones de dólares; los efectos llegaron a cinco continentes. Incluso hundió a su propia familia, una traición más íntima.

Madoff, de 72 años, está encarcelado con una sentencia de 150 años, que parece ser más que justa, dadas las proporciones de su crimen. Aunque el daño financiero continúa, la prisión parecía poner fin a la historia según Madoff. Luego, en el segundo aniversario del arresto de Madoff, su hijo Mark de 46 años, colgó el cable de una aspiradora en una pipa del techo de su loft en Soho e intentó ahorcarse.

Cuando se rompió el cable, intentó de nuevo con una correa de perro, y esta vez tuvo éxito. Este fue el tipo de retribución cósmica que pudo haber sido exigido en la Casa de Atreo, el suicidio una acusación de una gran traición.

Parecía una muerte diseñada para lastimar a los que aún viven; hasta un monstruo debe ser conmovido por tal demostración. Al fin y al cabo, antes de ser expuesto como un fraude, Madoff había sido un hombre de familia.

Después del suicidio de Mark, me interesó esta trágica familia y las fuerzas elementales que la habían desecho. Comencé a llamar a toda persona que estuviera conectada con el negocio y la familia. Pronto, una imagen comenzaba a manifestarse.

El hijo menor de Madoff, Andrew, más inquebrantable y menos propenso a la inseguridad que su hermano, de alguna manera se protegió con su enojo por la traición de su padre. La ira de Mark lo consumió y lo dominó.

Ambos se rehusaban a hablar con su padre, aunque sus abogados lo hubiesen permitido. Su madre, Ruth, tuvo que escoger entre su esposo y sus hijos. Había escogido a su esposo de cinco décadas, aunque después del suicidio de Mark, ella también ha dejado de hablar con Madoff.

Después de la muerte, Ruth salió disparada de su departamento en Florida; pero no asistió a velorio en casa de la viuda. La mayoría de la familia no la quería ver.

La viuda de Mark todavía no le permite visitar a los dos hijos de Mark. Andrew, quien no ha cruzado palabra alguna con su padre desde el 10 de diciembre del 2008, el día de la confesión de Madoff, está todavía distanciado de su madre y de la viuda de su hermano, Stephanie.

Como se lo ha dicho a sus amistades, su furia hacia su padre, lejos de disiparse, ha crecido. A sus amigos les describe a su padre como un bully y un manipulador astuto. Efectivamente Madoff era un hombre de familia, pero para Andrew, esa fue una manifestación más de su narcisismo. La familia servía a las necesidades de Bernard L. Madoff.

Y así, me quedé donde había comenzado: en el hoyo negro al centro de esta galaxia explosiva, sus ondas destructivas en expansión constante. Intenté ponerme en contacto con Madoff en varias ocasiones. Sin embargo, el Buró de Prisiones interceptaba y devolvía mis cartas. Mis peticiones a través de su abogado fueron negadas cortésmente.

Eventualmente me topé con un prisionero inusual llamado Robert Rosso, quien está cumpliendo una sentencia de vida por un crimen relacionado con drogas y es uno de los nuevos amigos de Madoff. En años recientes, se ha convertido en escritor; incluso había entrevistado al mismo Madoff. Como un favor, accedió a pasarle a Madoff una carta mía.

Luego, una tarde hace unas semanas, sonó mi teléfono. "Usted tiene una llamada por cobrar de Bernard Madoff, un recluso en una prisión federal", anunciaba una grabación. De la nada, escuché aquel acento, inconfundible para cualquiera que ha visitado el barrio de Queens.

Madoff se disculpó por llamar por cobrar. "No tengo mucho dinero en mi cuenta de comisaría", me dijo, antes de comenzar una conversación extraordinaria que duraría varias horas, a lo largo de más de una docena de llamadas telefónicas. Siendo éste Bernie Madoff, en términos monetarios el criminal más grande de la historia, no sabía qué creer. Pero escuché.



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