Las confesiones de un corredor desbocado

Hace 14 años, Darrell Zimmerman intentó un espectacular fraude en el mercado de futuros de Chicago

Por: Darrell Zimmerman
Martes, 20 de septiembre de 2011 a las 14:55

Estoy a punto de ser papá. Cuando esta revista llegue a los anaqueles de venta y a los suscriptores, mi hijo Thor ya habrá nacido. Y créanme, esto es más emocionante que ganar millones de dólares en el mercado. Tengo casi medio año viviendo en la Ciudad de México y mi esposa Gabriela sigue advirtiéndome sobre los riesgos de esta metrópoli. Pero quizá no siento tanto el peligro por ser un músico avant-garde que está familiarizado con los clubes underground. Hasta ahora, el único problema que he tenido fue resbalarme a la salida del Metro Portales.

Toco el saxofón en el bar Jazzorca, ubicado al sur del DF. Este lugar no se parece a ninguno de Canadá o, quizá, del mundo. Pero me hace sentir magnífico. El dueño, Germán Bringas, y los otros músicos que ahí se presentan me han recibido muy bien.

Algunos de ellos, entre quienes está un periodista de Expansión, se han interesado en saber por qué recalé en México (la visa de mi esposa, mexicana, había expirado en Canadá) y en qué otras cosas me he involucrado (negocié en el mercado de futuros de Chicago por casi una década, entre los 80 y 90).

A mucha gente le gusta saber detalles del arcano mundo de las transacciones financieras. Lo que más les sorprende es la frecuencia con la que se manipulan los mercados. Ahora mismo es muy posible que esté sucediendo algo así con el mercado de la plata.

Al principio, pensé que a los lectores les interesaría saber cómo se manipula un mercado en beneficio personal, y que yo podría explicárselos. Para entonces, un periodista de esta revista ya había hecho su propia investigación… sobre mí.

Supo que he sido uno de los mayores traders de la historia de EU y que por ciertos motivos –algunos de ellos, no muy buenos– soy un punto de referencia en los mercados financieros. Compiló muchos datos relacionados con el escándalo de bonos del Tesoro que fragüé en 1992 y tras conocer mi experiencia como un corredor tramposo, o rogue trader, como se conocen en EU, el equipo editorial se interesó en mi historia. Así nació la idea de escribir este testimonio.

Sin escalas a Chicago

Nací en Vancouver en el año de 1960, pero crecí en un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad llamado Vernon. Soy el mayor de cinco hermanos y aprendí a tocar el saxofón en la Western Washington University. A pesar de mis estudios de música, siempre me gustaron los negocios y las matemáticas.

Solía leer en los periódicos noticias sobre los mercados financieros. Me fascinaba el glamour y la emoción del mercado de futuros, donde se podía obtener jugosas ganancias con pequeñas inversiones.

Por eso elegí Chicago, la ciudad en donde se encuentra el mercado más grande y activo de futuros. También me gustaba que esta ciudad es más pequeña que Nueva York y que está más cerca de Canadá, donde vive mi familia. Ahí llegué en 1985, sin conocer a nadie. Sólo había hablado por teléfono con un corredor llamado Ira Greenspon, que atendía clientes canadienses. Le pedí trabajo y me lo dio. Compartí un departamento en el barrio Lincoln Park, donde viví sólo unos meses.

Trabajé poco con Greenspon. La rotación en el mundo bursátil es algo común. Me llegaban mejores ofertas de empleo y las tomaba. Pero seguía deslumbrado por la avaricia y el desprecio mostrado por los corredores más experimentados. Muchos de ellos solían agitar ‘casualmente’ sus muñecas adornadas por Rolex, mientras presumían las decenas de miles de dólares que ganaban sin siquiera sudar una gota. Luego del trabajo, se atragantaban de cerveza y se empujaban al mismo tiempo dos hot-dogs mientras disfrutaban del cálido sol en el estadio de béisbol Wrigley Field.

Así se burlaban de los ‘Don Nadie’ que luchaban para sobrevivir. Sus vacaciones eran en Cancún o Jamaica. Su auto era un Porsche o un Mercedes-Benz. Vivían en casas de millones de dólares y le ponían departamentos de lujo a sus novias, generalmente modelos, para pasar con ellas las noches en las que no estaban ocupados con sus esposas, sus hijos o entretenidos en algún table dance.

¿Quién no querría ser un corredor de bolsa en esos vibrantes tiempos de Reaganomics, cuando todos podían convertirse en millonarios con sólo trabajar cuatro o cinco horas al día? Caí. Empecé a urdir un plan para ser uno de ellos.

A las Ligas Mayores

Esa época fue un desenfreno total. Cada viernes, cuando salía de la oficina, empezaba la fiesta con los 400 dólares que me permitía retirar el cajero automático. Para el domingo en la mañana tenía que pedir prestado un dólar para comprar el periódico.

Como corredor de bolsa, no obstante, tuve dos momentos difíciles: el crack bursátil de 1987 y la guerra del Golfo Pérsico, en 1991. Alguna vez pensé en retirarme de los mercados, pero debo decir que en general gozaba de un buen ingreso: entre 50,000 y 100,000 dólares al año.

Pero la cantidad de dinero que ganaban a quienes yo admiraba era astronómica. Un día, un tipo ganó 100,000 dólares en sólo una hora. Por eso quería ir a las grandes ligas.

En 1992, conocí a un joven que venía de Nueva York. Tenía menos de 30 años pero era muy audaz. Se llamaba Anthony (Tony) Catalfo y un día me contó que su madre había puesto un negocio gracias a un préstamo que le hizo un notable jefe del crimen, llamado John Gotti. Tony quería hacerse rico lo más pronto posible. Con sus relaciones y mi experiencia en los mercados podríamos hacer un buen equipo.

Tardamos seis meses en planear el golpe. Pasábamos horas repasando el plan mientras jugábamos golf. La operación nos dejaría unos cuantos millones a cada uno. Con eso, yo pensaba retirarme a viajar y a tocar la música que me gusta. Tony, en cambio, pensaba invertir sus ganancias en propiedades.

La estafa no podía fallar. Tony había ensayado esta maniobra en el simulador del prestigiado International Trading Institute, en donde yo fui instructor por un tiempo (y donde nos conocimos). Siempre tuvo éxito.

La vida estaba a punto de convertirse en unas largas vacaciones, de esas que tienen todo incluido.

Gatitos chillones

El edificio de la bolsa de Chicago tiene la forma de un obelisco. En lo más alto de la estructura hay una estatua de Ceres, la diosa griega de las cosechas. El Chicago Board of Trade (cbot) empezó a operar en 1868. Al principio comercializaba futuros de materias primas como el trigo y el cobre. Luego, incorporó otros productos, como los financieros. Yo esperaba dar el golpe en los futuros de bonos del Tesoro, la deuda de EU y la piedra angular de la economía global.

Decidimos hacer la operación muy cerca de un día simbólico para los mercados: el quinto aniversario del crack del 87. A las 7 de la mañana del 22 de octubre de 1992, pasé por las enormes puertas de metal del edificio con la intención de explotar las debilidades del sistema y las flaquezas de la naturaleza humana.

No teníamos dinero para adquirir los contratos necesarios para nuestro golpe, así es que nuestro boleto de entrada al piso de remates fue un cheque sin fondos por 50,000 dólares.

El mercado comenzaba a operar a las 7:20 am. Ese día, todos esperaban el reporte económico que cada mes emitía a las 7:30 am la Reserva Federal. Yo apostaba, sin fundamento, que traería resultados negativos. Necesitaba que los demás corredores lo creyeran también y tumbaran los bonos del Tesoro a un nivel tan bajo que hicieran rentables los contratos de compra que yo tenía a determinado precio. Obviamente, yo le daría un empujón al precio con mis descaradas órdenes de venta, esperando así completar una profecía autocomplaciente.

Mientras aguardaba que la campana sonara me sentía como un peleador antes del primer round. Un minuto antes, respiré profundamente y repasé mentalmente lo que haría cuando Alan Greenspan, el presidente de la Fed, diera a conocer su información. Si era lo que yo esperaba, sólo me sentaría a cobrar mis ganancias. Si era lo opuesto, entonces me forzaría a buscar un refugio. Si era un evento sin consecuencias, enfrentaría el reto de presentar una postura grande, sin empujar el mercado en mi contra.

Tic-tac, tic-tac… 10 segundos. —Vamos, Greenspan, hazme el día.

La campana sonó y viví un momento impresionante. Imaginen una superficie del tamaño de una cancha de basquetbol, con 1,000 personas suplicando por una pequeña ganancia en el precio inmediato de los futuros de bonos del Tesoro de EU. Ahora imaginen a un corredor que controla miles de estos fondos, con un valor de 12,000 mdd. Yo era ese corredor y lo que estaba haciendo era provocar el pánico del mercado en un mes simbólico. En sólo 10 minutos me había convertido en uno de los corredores más grandes de toda la historia de EU.

Entonces llegó el informe de la Fed: neutral.

El mercado tomó un respiro para decidir a dónde ir. Yo preferí vender más bonos y los ofrecí a otro corredor.

—Lo siento, Darrell —me dijo—. No tengo autorización para hacer ninguna más de tus transacciones.

El pánico me empezó a invadir. Miré a mi alrededor para ver si alguien más quería ejecutar mis transacciones pero no había nadie. Me sentía como en un barco a la deriva.

Unos instantes después noté que se formó una especie de valla compuesta por guardias de la Bolsa. Me tomaron de los brazos y me pidieron salir del piso de remates. Me llevaron a una oficina para que les explicara mis actividades como corredor.

Cuando llegaron los guardias habían pasado 45 minutos desde que abrió el mercado y ya llevaba una ganancia de entre 5 y 6 mdd. Pero cuando abandoné el piso escuché alaridos porque el mercado había comenzado a bajar. Eventualmente, me quedé con una pérdida de más de 8.5 mdd. Como no tenía semejante cantidad de dinero, la pérdida la absorbió la firma para la cual trabajaba, Lee B. Stern and Co. Luego, esta empresa que había estado presente en el mercado de Chicago por tres décadas, se declaró en bancarrota.

En sólo 10 minutos había lanzado al mercado en contra de los otros corredores. Su reacción fue llamar a las autoridades que respondieron sacándome del piso de remates. Está bien, a mí tampoco me gustan los ‘corre-ve-y-dile’. Pero como mi abogado, Daniel G. Martin, dijo:

—No son más que un puñado de gatitos chillones.

La naturaleza del negocio

Nunca había escuchado el término de rogue trader o corredor tramposo, hasta que al día siguiente de mi operación leí en el Chicago Tribune el siguiente título: “Corredor tramposo azota el mercado de bonos”.

El diccionario financiero define con este término a “un corredor de bolsa que actúa de forma independiente a otros (a menudo, en forma temeraria), y en perjuicio tanto de los clientes como de las instituciones que lo emplean. En la mayoría de los casos, este tipo de transacciones es de alto riesgo y puede crear enormes pérdidas”. Ésa es una descripción acertada de lo que yo hice aquella mañana de octubre de 1992.

Una nota en The New York Times explicó la forma en la que Tony –que tenía sólo una semana operando en la bolsa– y yo tratamos de manipular el mercado. Ninguno de los dos estábamos autorizados para negociar con futuros de estos bonos y la firma para la que trabajaba no solía hacer transacciones tan grandes como las que ese día estaba haciendo.

Nada sucedió de inmediato. La SEC y los fiscales estaban totalmente sorprendidos y no sabían cómo actuar. Sólo me prohibieron regresar a operar en el mercado bursátil.

Así pasó casi un año. En julio de 1993, el gobierno federal levantó cargos en mi contra y en diciembre de ese año, la SEC nos impuso a Tony y a mí la multa más alta que hasta entonces se había cobrado en el mercado de futuros de Chicago: 2.25 mdd (1.5 mdd a mí y 750,000 dólares a Tony). Me defendí en la corte hasta que perdí el juicio en 1995. Me capturaron en Vancouver y me extraditaron a EU en 1996 para cumplir una condena de 41 meses, más dos años de labor social. A cambio, no pagaría la multa.

Estuve interno en la Correccional Federal Sheridan, en las montañas Cascade, en el norte de Oregon, una prisión para criminales de cuello blanco. Ahí analicé los errores que cometí al mismo tiempo que daba clases a mis compañeros convictos sobre cómo operar en la bolsa. Nos suscribimos al Wall Street Journal y negociamos con cuentas ficticias. Nos maravillamos viendo la explosión de la industria de las puntocom.

Muchos de ellos tenían experiencia en narcotráfico, robo a bancos y fraudes, así es que fueron muy receptivos. Pronto comprendieron los intrincados conceptos de las estrategias de mercado. Más tarde me enteré de que algunos de ellos entraron a operar en el mercado bursátil.

También tuve tiempo para preguntarme por qué me convertí en un corredor tramposo. Noté cómo mi personalidad era la propicia para dejarme seducir por las oportunidades que ofrecen los mercados de futuros.

Los corredores tramposos tenemos en común que siempre causamos severos daños financieros y que nunca logramos evadir a la justicia. Entonces, ¿para qué tomar ese riesgo? Hazla en grande o vete a tu casa. Ésa es la actitud de los corredores más exitosos. Aunque esto también pueda provocar enormes pérdidas. Siempre está presente el delicado balance entre la codicia y el temor. Cuando llegué a Chicago, con sólo 200 dólares en el bolsillo y la dirección del CBOT, no tenía muy desarrollado el sentido del temor. Creía que no tenía nada que perder y a menudo asumía posiciones que preocupaban a mis jefes.

Cuando uno se impregna de la filosofía del mercado pierde la perspectiva. El dinero con el que uno negocia no es el que usa para pagar sus deudas, comprar comida o salir a divertirse; el “capital para transacciones” es como una ficha de Las Vegas, de las que uno pierde cualquier vínculo emocional y hasta racional. Sólo sirve para sacar cuentas.

Y en tanto la realidad se aleja más y se ve cómo se acumulan las recompensas para los corredores de peso que no tienen nada en especial, la tentación comienza a crecer.

Me preguntaba por qué esos tipejos gordos, sin educación, se llevan todos los premios en lugar de alguien inteligente, dedicado y ambicioso como yo. Por eso averigüé quién y cómo estaban ganando más dinero, me puse en su lugar y decidí tomar unos cuantos atajos a lo largo del camino. Era la naturaleza del negocio.

Las cualidades que muchos corredores admiran son la ambición, la valentía, el consumo excesivo, el desprecio por el trabajo honesto y por la ética laboral. En los meses previos a que se me hicieran los cargos en Chicago, me había convertido en una figura de culto entre los corredores, que me trataban con cierto respeto por haber hecho lo que (yo pensaba) cada corredor ha llegado a soñar. Creíamos que la economía ya era manipulada por las grandes instituciones y los gobiernos. Que todo era un castillo de naipes, un espejismo. Que usaban la misma chistera que los más temerarios corredores, pero con una enorme pila de efectivo de respaldo.

En prisión noté que el perfil del corredor de materias primas y el de un convicto se parecen mucho. El nivel de codicia, el narcisismo, el sentido patrimonialista, la negación y el deseo de tomar grandes riesgos –sin considerar del todo las consecuencias– son casi idénticos entre los dos grupos.

Mis experiencias, tanto de corredor tramposo como de convicto, se han combinado para darme una perspectiva más relajada de la vida. Viví lo mejor de lo mejor y lo peor de lo peor. Cuando en 1998 cumplí mi sentencia me sorprendió el que compañías como Enron y WorldCom dominaran las noticias. Ahora, los fondos de cobertura son los que predominan. Yo he cambiado, pero es claro que el mundo no.