ALERTA »  La economía de EU crece 3.5% anual en el tercer trimestre, más a lo esperado por analistas

Medir la felicidad

Hay cosas que el PIB no nos muestra, por ejemplo, lo que se tuvo que destruir para poder crecer. Vale la pena comenzar a mirar otros indicadores.

Por: Luis Miguel González
Lunes, 14 de mayo de 2012 a las 13:26

El 2 de abril pasado tuvo lugar una reunión histórica. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) celebró la Conferencia sobre la Felicidad. El propósito de este encuentro fue buscar una explicación para los diferentes niveles de felicidad entre países y debatir sobre la conveniencia de que los gobiernos empiecen a medir y dar seguimiento a la felicidad como un complemento a los indicadores económicos convencionales.

La reunión no es una sorpresa absoluta. La presentación del Informe de la Comisión para la Medida del Progreso Económico y Social fue un parteaguas. El trabajo, encargado por el presidente francés Nicolás Sarkozy y entregado por los economistas Amartya Sen y Joseph Stiglitz en 2009, dejó claras las limitaciones de la medición convencional del Producto Interno Bruto (PIB).

El PIB no está diseñado para registrar los efectos secundarios de algunas actividades que ponen a rodar las ruedas de la maquinaria económica. La destrucción de un bosque aparece como una contribución positiva porque se convierte en madera que será vendida. Una depresión puede significar una contribución al PIB, por la compra de antidepresivos o la contratación de un psiquiatra. El PIB no sirve para medir millones de acciones valiosas que no implican transacciones monetarias. El cuidado de los bebés sólo entra en las estadísticas nacionales cuando es realizado por alguien que cobra por ello. La atención del hogar y el trabajo que conlleva no aparece en el radar de las estadísticas.

Hemos llegado al punto en el que las estadísticas nacionales necesitan abrevar de los manuales de autoayuda y de otros sistemas del conocimiento que no vienen de la filosofía económica tradicional. La OCDE trabaja en el desarrollo de un marco general para la medición del bienestar que tendrá listo a fines de 2012. Se da por hecho que en 2015, cuando se renueven las metas del Milenio, se añadirá la búsqueda de la felicidad a la lista de prioridades, junto a metas como el combate a la pobreza.

La oficina nacional de estadísticas de Gran Bretaña estableció en enero pasado un programa para medir el Bienestar Nacional, que busca atrapar numéricamente algunos intangibles relacionados con la calidad de vida. El país dedicará una parte de sus recursos estadísticos a procesar la respuesta a preguntas como las siguientes:

¿Qué tan satisfecho está usted con su vida? ¿Qué tanto siente que las cosas que hace en la vida valen la pena? ¿Qué tan feliz se sintió ayer? ¿Qué tan ansioso se sintió ayer?

La medición de la experiencia subjetiva de las personas proporcionaría datos para determinar si las condiciones de la sociedad están mejorando.

El reto es enorme porque estamos ante un tema de una complejidad mayúscula. Hay factores personales que dependen de la herencia genética, pero hay muchas cosas que tienen que ver con políticas públicas: justicia, combate a la corrupción, apoyo a los vulnerables y respeto al medio ambiente, entre otros. Lo único cierto es que el ingreso monetario o la riqueza acumulada tienen límites cuando hablamos de felicidad. El World Happiness Report, coordinado por John Helliwell, Richard Layard y Jeffrey Sachs, coloca a Tanzania por encima de Suiza; a El Salvador mejor que Arabia Saudita, y a Colombia en una posición superior a la de Alemania. México tiene el lugar 61, debajo de Paraguay, pero arriba de Corea del Sur.

Un elemento que impacta en la felicidad es la existencia de redes sociales que dan sentido de pertenencia. Son más felices quienes tienen un equipo de futbol donde juegan regularmente o participan en las actividades de la parroquia o en una ONG. El bienestar que ofrece cantar en un coro supera al de cantar en soledad.

La felicidad es el Santo Grial de las políticas públicas. Una sociedad feliz es más productiva y una sociedad productiva es más feliz.

El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinión@expansion.com.mx


Zona de comentarios

Comparte ésta liga: http://exp.mx/n00549M