Columna invitada

La calidad y la buena educación

Los organismos apuestan a mejorar el desempeño a través del aprendizaje, dice Enrique Cruz Gómez; el académico del ITESM recuerda que la calidad es un concepto que surge de la lógica del mercado.

Por: Enrique Cruz Gómez* |
Jueves, 15 de octubre de 2009 a las 06:13

CIUDAD DE MÉXICO — La calidad, entendida como la búsqueda de lo bueno y lo mejor, es un proceso intemporal. Los colectores de alimentos primitivos tuvieron que aprender qué frutos eran comestibles y cuáles eran venenosos, los cazadores primitivos tuvieron que reconocer qué árboles proporcionaban mejor madera para sus arcos y flechas. El conocimiento práctico generado pasó de generación en generación (Juran J. y Blanton A.).

Por otro lado, la Revolución Industrial proporcionó un clima favorable para la mejora de la calidad a través del desarrollo del producto y del proceso. Sin embargo, la más espectacular demostración en el siglo XX del poder de la calidad vino de Japón, ya que de ser un país derrotado y arruinado al término de la Segunda Guerra Mundial, pasó a ser una potencia industrial en los setenta y los ochenta debido a su compromiso con  el desarrollo de calidad.

Japón se convirtió en una potencia económica, después de darse cuenta que sus productos eran detestables en occidente. Fue su estímulo para impulsar una revolución en calidad en la década de los cincuenta.

En Japón hubo un cambio en la mentalidad de los responsables de la administración de sus empresas. El cambio no lo originó la introducción de nueva maquinaria o de nuevos materiales, el cambio operó en la forma de pensar y actuar por parte de sus directivos de alto nivel. Se dieron cuenta que era más sabio prevenir los errores que corregirlos, que para lograrlo era necesario que los operarios desarrollaran sus mejores capacidades, que la razón fundamental por la que existe cualquier institución es servir a la comunidad y que era más valioso, tanto en el aspecto económico como en el social, buscar la permanencia de la institución a largo plazo en el mercado, y no tanto las ganancias inmediatas, gestándose un sentido humano de la organización.

Las raíces del movimiento de la calidad reposan en la suposición de que la gente, organizaciones y la administración tienen un tema que los unifica: hacer del aprendizaje continuo un modo de vida, especialmente mejorando el desempeño de la organización como un sistema total.

Entre los primeros impulsores del movimiento de la  calidad destacan: W. Edward Deming, Joseph Juran, Philip  B. Crosby, Genichi Taguchi, Armand V. Feigenbaum  y Kaoru Ishikawa.

Significado del término calidad.

La raíz etimológica de la calidad tiene sus inicios en el término griego kalos, que significa "lo bueno, lo apto" y también en la palabra latina qualitatem, que significa "cualidad o propiedad". Es un adjetivo que califica alguna acción, materia o individuo (Nava, V.M).

El término calidad se puede usar para evaluar ciertas características de los procesos y logros de un sistema educativo, haciendo comparación. Así, se dirá que una determinada educación es de calidad después de comparar, aceptándose los matices de baja, mediana o alta calidad (Delgado K.).

Concepciones de la calidad de la educación

La calidad es un concepto que surge de la lógica del mercado y progresivamente se traslada de los bienes a los servicios, así como del consumidor al usuario.

El ciclo de calidad puede ser conceptualizado como una trayectoria evolutiva desde el control, a través de los procesos de aseguramiento y mejora del aprendizaje. En este sentido, la calidad total sería el fin de un continuo.

La mejora de la calidad exige cambios y uno de los retos más grandes en la educación consiste precisamente en vencer la inercia dentro de las instituciones educativas.  Las culturas existentes son extremadamente tenaces y pueden filtrar los cambios propuestos, generar sus propios cambios o actuar como freno para el cambio (Houston D.). En este sentido, la sensibilidad cultural es extremadamente importante en el diseño de estrategias para el cambio.  Además,  la mejora de la calidad en la educación no ocurre por decreto sino que parece requerir de una construcción social negociada que apunte  al consenso, construida como un prerrequisito para un cambio exitoso.

Como señalan Avdjieva & Wilson, las instituciones educativas no están típicamente organizadas para apoyar el aprendizaje colectivo, ya que en ellas el conocimiento está fragmentado en áreas muy especializadas y la enseñanza es una actividad altamente individual.  Así, uno de los retos fundamentales que enfrentan las instituciones educativas consiste en transformarse de organizaciones de centradas en la enseñanza a organizaciones que aprenden, que cambian.

Las diversas connotaciones del vocablo de calidad de la educación se pueden sintetizar en tres: tradicional, modernizante y dialéctica (Delgado K.).

Siguiendo a Delgado, desde el enfoque tradicional, calidad de la educación significaría desarrollar de mejor manera la educabilidad en función de la perfección del ser humano, percibiendo el proceso educativo como progreso lineal desde una potencialidad dada.

El enfoque modernizante plantea como valores el progreso, la civilización y lo moderno. En este sentido, lo que interesa es la eficacia del proceso y la eficiencia de los medios. Por tal motivo, la calidad de la educación se relaciona con el grado en que los medios conducen de una manera rápida y directa hacia los objetivos, percibiendo el proceso educativo como una adecuación gradual de los medios a los fines.

Desde el punto de vista dialéctico, elevar la calidad de la educación implica trasformarla radicalmente, no sólo un proceso de perfeccionamiento, sino un cambio cualitativo. Esto conduce a transformar los fines, los medios y el proceso mismo.

Una educación de calidad debe estarse adaptando constantemente a las necesidades de la sociedad, lo cual exige tener un consenso de las necesidades sociales fundamentales de una sociedad y en un tiempo dado. Sobre estas necesidades se plantearán los objetivos educativos y por tanto el diseño curricular. Así, la calidad de la educación está conectada con la totalidad del proceso educativo y no solamente con los resultados o su evaluación sumativa (Delgado K.).

Para Chavarría y Borrell, la calidad de la educación se debería dirigir hacia tres direcciones complementarias:

La calidad intrínseca de los elementos nucleares. La aplicación de políticas compensatorias que permitan que la diferenciación no sobrepase ciertos límites. Aplicar políticas reguladoras que eviten y prevengan la discriminación.

Para Latapí (Q. E. P. D.), hablar de calidad es una temeridad, ya que señala que sobre este tema todo se ha dicho y  sin embargo todo sigue en discusión: teorías, definiciones, experiencias prácticas, etc., indicando que el tema se ha abordado desde la filosofía, la pedagogía y el sentido común, desde el currículum, el maestro, las expectativas del empresariado y las utopías del siglo XXI.

Latapí indica que en el debate de la calidad educativa se ha cometido el error de sustantivarla, buscando definir la calidad, cosificarla, erigirla en un codiciado objeto que hay que encontrar;  cuando la calidad en su esencia es más adjetivo y adverbio que sustantivo; una cosa, en esta caso la educación, es buena o mala, mejor o peor que otra, comparable desde diversos criterios.

Para Latapí, son cuatro los rasgos de una buena educación:

1.      El carácter

2.      La inteligencia

3.      Los sentimientos

4.      La libertad

Siguiendo al mismo autor, el más apreciable de los esfuerzos educativos de una persona es el carácter, entendido como una congruencia entre pensar y obrar, convicciones claras y firmes y un sentido de finalidad que engloba y afecta todo esto que llamamos nuestra vida. Indica el citado autor que carácter es una palabra-síntesis que comprende valores, principios hábitos y maneras de ser de la persona.

Para Latapí, la inteligencia debe ser educada, lo cual incluye en primer término haber adquirido los conocimientos generales necesarios para ubicarse en el mundo, en segundo término haber adquirido las destrezas intelectuales fundamentales (abstracción, raciocinio lógico, análisis, síntesis, relación, inducción, deducción, etc.), lo que resume con dos expresiones "aprender a pensar" y " aprender a aprender", ambas intrínsecamente relacionadas, y tercero, haber adquirido y saber manejar algunos conocimientos especializados, sobre todo los necesarios para desempeñar trabajos productivos.

Latapí reconoce que no podría trazar la línea divisoria entre inteligencia y sentimiento, ya que se piensa también con el corazón, al grado que no aceptamos como verdaderas sino aquellas cosas que previamente hemos amado.

Los sentimientos invaden los territorios de la inteligencia. La educación de los sentimientos incluye el cultivo de la imaginación y la creatividad, el desarrollo de la intuición, la modulación de la sensibilidad y muy especialmente la educación para la compasión. Señala el citado autor que una educación que ignora la compasión será siempre terrible: producirá gente insensible al dolor y por lo mismo prepotente. La capacidad de indignarnos con la injusticia hacia el otro poniendo en la cúspide de la jerarquía de valores la dignidad de nuestra especie fundamenta el sentido ético de la educación.  El autor considera que se debe tener especial cuidado a algunas desviaciones de la educación actual que impiden lo anterior: La sobrevaloración de lo económico, la competitividad y el "culto a la excelencia". En el primer caso se valora el tener sobre el ser, en el segundo la ideología empresarial proyectada sobre la educación quiere convertir la competitividad en la esencia de la persona, aunque barran con la solidaridad con los menos capaces. En el tercer caso, es la proyección de calidad total que ha invadido el mundo de los negocios. Madurar implica a veces competir sin por ello perder los lazos comunitarios. 

Señala el Dr. Latapi que en algunas instituciones educativas de hoy se tergiversan o subordinan a valores equivocados los sentimientos que son esenciales en una buena educación.  Frecuentemente se ignoran los sentimientos en el currículo, llegándose al absurdo de producir estudiantes que destacan por su inteligencia, pero que son analfabetas en la educación de sus sentimientos.

Los seres humanos, indica el autor, no se agotan en su inteligencia, memoria y voluntad, u otras dimensiones como la imaginación, los sentimientos o, si se quiere, el "carácter". Educar para la libertad responsable es finalidad ineludible de una buena educación; por ella nos instalamos en el mundo ético, donde nos construimos a nosotros mismos y construimos con otros la sociedad.

Señala Latapí  que la educación debe tener una intención, sugiriendo que para que sea buena aspire a formar a los niños y jóvenes un hábito de razonable autoexigencia.  Si a través del trato con sus educadores, de sus clases y ejercicios, del deporte y la convivencia los niños y niñas y los y las jóvenes asimilan que hay estándares más elevados a los que pueden aspirar, que hay mejores maneras de hacer las cosas, y esto se convierte en un hábito, querrán superarse y en ellos quedará sembrada la semilla de una buena educación perdurable.

Así, parece que teniendo el desarrollo humano tantas dimensiones apenas evaluemos a nuestros estudiantes a través de algunos conocimientos que han aprendido y apenas nos asomemos a la adquisición de algunas habilidades o competencias. Lo principal queda fuera; parece que no nos interesa, y lo principal era precisamente la calidad.

Apunta el autor, que a pesar de la subjetividad, el antiguo método de pedir un ensayo al estudiante o que improvise una conferencia, sigue siendo una buena forma de evaluación, siempre y cuando el maestro que evalúa tenga a su vez la calidad buscada, pues para reconocer la calidad es indispensable tenerla.

Lograr una verdadera educación de calidad supone un proceso de reingeniería del proceso de formación; comenzando por transformar el modo de pensar y actuar de los actores principales: profesores, alumnos, padres y autoridades educativas. Además de ello, se requiere el compromiso colectivo, integrando la voluntad  de todos, ya que la universidad por sí sola no puede producir todos los cambios que se requieren.

Considero que todo lo anterior descansa en última instancia en nuestro deseo sincero de ser mejores, de tener una mejor sociedad y de tener un mejor país. Está en nuestras manos.

 *El autor es director del Centro de Vida y Carrera del Instituto Tecnológico de Monterrey (ITESM), Campus Santa Fe.


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