Columna invitada

Política fiscal de EU, lejos de crisis

El Gobierno federal no está al borde de la quiebra pese al fuerte debate político, dice Martin Wolf; lo que EU debe hacer en materia fiscal es aumentar los ingresos y frenar los costos de salud, opina.

Por: Martin Wolf |
Jueves, 24 de enero de 2013 a las 06:01

Financial Times — Estados Unidos enfrenta enormes desafíos, tanto en casa como en el extranjero. Pero su posición fiscal no es uno de ellos. Ésta es una afirmación muy controvertida.

A juzgar por el debate en Washington, se podría concluir que el gobierno federal está cerca de la bancarrota. Esta visión es falsa. Sí, Estados Unidos enfrenta desafíos fiscales a largo plazo. Pero estos han sido causados en gran medida por los crecientes costos de la ineficiente atención médica.

Sí, Estados Unidos está inmerso en un intenso debate sobre política fiscal. Pero esto es debido a las diferencias filosóficas sobre el papel del Estado. Sí, Estados Unidos ha estado ejecutando grandes déficits fiscales en el corto plazo. Pero estos son el resultado de la crisis financiera.

Empecemos, pues, con las perspectivas a mediano plazo. En un artículo ampliamente citado, publicado este mes por el Center on Budget and Policy Priorities (CBPP), Richard Kogan afirma que "las autoridades pueden estabilizar la deuda pública en la próxima década... con 1.4 billones de dólares en ahorros adicionales de déficit".

La explicación de este mejorado panorama a mediano plazo es una combinación de la recuperación económica y la implementación de políticas, en particular de la Ley de Control del Presupuesto de agosto de 2011 y la Ley de Alivio al Contribuyente Estadounidense promulgada este mes.

Por otra parte, debido a los ahorros en los pagos de intereses, las autoridades políticas podrían lograr ese nivel de reducción de déficit con sólo 1.2 billones de dólares en ahorros adicionales. Eso sería sólo el 0.6% del producto interno bruto esperado, incluso bajo el supuesto pesimista de que el PIB nominal crezca a una tasa anual de sólo 4%.

Bajo estos supuestos, la relación entre deuda y PIB se estabilizaría en alrededor del 73%. ¿Sería esto insoportable? No. Con las actuales tasas de interés reales, el costo sería de cero. Incluso si las tasas de interés reales subieran a, digamos, 3%, el costo fiscal, en términos reales, sería de un mero 2% del PIB. Esto es perfectamente manejable.

Consideremos ahora el largo plazo. Sobre ello, la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) indica en su Perspectiva Presupuestaria a Largo Plazo de 2012 que "si las leyes actuales se mantuvieran vigentes, sólo el gasto en los principales programas federales de atención médica crecería desde el actual más del 5% del PIB a casi el 10% en 2037 y seguiría aumentando a partir de entonces.

Se prevé que el gasto en seguridad social tendría un aumento mucho menos pronunciado, del actual 5% del PIB a más del 6% en 2030 y en las décadas subsecuentes...

En la ausencia de incrementos sustanciales en los ingresos federales, este crecimiento en los desembolsos se traduciría en una mayor carga de deuda que la que Estados Unidos ha experimentado jamás. "Para ser precisos, bajo el supuesto de que los ingresos se mantengan en el 18.5% del PIB, sólo por encima del promedio de los últimos 40 años, la deuda en poder del público podría llegar a 200% del PIB en 2040.

En el largo plazo, entonces, el gobierno federal debe aumentar los ingresos por encima de los promedios históricos; frenar los crecientes costos de la atención médica, o más razonablemente, hacer un poco de las dos cosas. Para los no estadounidenses, ninguna de las dos cosas debería ser difícil. Esto se debe a dos características prominentes de la actual economía estadounidense: la desigualdad extrema de ingresos y la ineficiencia de la salud.

En primer lugar, la CBO ha señalado en otro documento que "la porción de toda la renta de mercado percibida por el 1% de la población aumentó en más del doble entre 1979 y 2007, pasando de alrededor del 10% a más del 20%". Gravar a estos grandes ganadores de manera más pesada parece un movimiento político obvio.

En segundo lugar, detrás de estas previsiones para el gasto del gobierno se encuentra una perspectiva dramática para el gasto público y privado general en salud, que se elevaría "de alrededor del 17% del PIB a casi una cuarta parte en 2037". Estados Unidos ya gasta una proporción mucho mayor de su PIB en servicios de salud, en comparación con otros países de altos ingresos. En 2010, el gasto total en salud fue de 17.6% del PIB.

El gasto del segundo país más alto, los Países Bajos, fue de sólo el 12%. Incluso el sector público de Estados Unidos gastó un porcentaje mayor del PIB que el del Reino Unido. Sin embargo, la esperanza de vida en Estados Unidos, por tomar solamente un indicador, fue de apenas 78.7, contra 80.6 en el Reino Unido.

Esto nos lleva a la disputa filosófica. Un lado del debate político está fuertemente comprometido con la idea de que los impuestos deben bajar. Algunos en este bando sostienen que todo impuesto es un robo. Otros creen que los impuestos destruyen los incentivos.

Sin embargo, otros argumentan que cualquier ayuda estatal socava la autoconfianza. Mientras tanto, los del otro lado del debate creen, con la misma fuerza, en una red de seguridad que cubra los riesgos relacionados con la salud, el envejecimiento y el desempleo. El presidente Barack Obama defendió esta posición, convincentemente a mi juicio, en su discurso inaugural.

En la práctica, el equilibrio político tiende a incluir los compromisos de gasto, pero no los compromisos paralelos a los ingresos. En el largo plazo, habrá que hacer ajustes. Es poco probable que el resultado haga explotar la deuda pública. Es mucho más probable una fijación de impuestos un poco más alta y la imposición de frenos un poco más estrictos al gasto, sobre todo en la salud. Éste es el único acuerdo plausible. No hace falta decir que caer en impago ahora, con el fin de evitar la hipotética quiebra décadas más adelante, sería una locura.

Por último, ¿qué se necesita hacer ahora? La respuesta comienza desde reconocer las realidades. Si uno mira hacia atrás a la explosión del déficit en 2008 y 2009 (antes de que Obama influenciara la política fiscal), vemos tanto recortes drásticos en la recaudación fiscal real como alzas pronunciadas en los gastos reales, ambos directamente relacionados con la crisis financiera y con la posterior recesión. Desde 2009, el gasto federal real ha sido plano. Mientras tanto, los ingresos han sido a la vez altamente cíclicos y sin tendencia desde 2000. Los enormes déficits fueron el resultado de la inesperada crisis y de las decisiones, previas a esa calamidad, de sostener un rápido incremento en el gasto real mientras se regalaban los ingresos fiscales.

Sin embargo, otro legado de la crisis ha sido un enorme aumento en el superávit financiero consolidado del sector privado (el equilibrio entre los ingresos y los gastos, como proporciones del PIB). El déficit fiscal es el reflejo de esta creciente prudencia privada. El riesgo es que la severidad fiscal acelerada, en un momento de tasas de interés cero, deprimirá la economía más que mejorar los resultados fiscales. Esto se debe a que los multiplicadores fiscales son particularmente altos en tales circunstancias, como el Fondo Monetario Internacional ha argumentado. La hora de ajustar la política fiscal será cuando la economía esté fuerte.

El gobierno federal no está al borde de la quiebra. En todo caso, el ajuste ha sido demasiado fuerte y demasiado rápido. La situación fiscal tampoco es el desafío económico más urgente. Es mucho más importante promover la recuperación. Los retos a más largo plazo son aumentar los ingresos mientras se frena el costo de la salud. Mientras tanto, gente, simplemente relájense.


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