Viaje a través del desierto blanco

La virginidad del hielo, el silencio profundo y un clima impredecible se mezclan en la Antártida.

Publicado: Miércoles, 31 de diciembre de 1969 a las
La ciudad más austral del mundo 2 - 8
El Faro del Fin del Mundo en Argentina es el anuncio de que estamos arribando a la zona de la Antártida. (Foto: Stock.xchng) El Faro del Fin del Mundo en Argentina es el anuncio de que estamos arribando a la zona de la Antártida. (Foto: Stock.xchng)
La Patagonia de Argentina es uno de los puntos desde donde podemos ver glaciares. (Foto: Stock.xchng) La Patagonia de Argentina es uno de los puntos desde donde podemos ver glaciares. (Foto: Stock.xchng)
 Nuestro viaje inicia en Ushuaia, Argentina, la ciudad más austral del mundo. Rodeada por montañas y glaciares, cuenta con museos donde se puede tener un primer acercamiento a la historia de los barcos exploradores de los últimos cinco siglos, entre los cuales se encuentra el Trinidad, que estuvo al mando de Hernando de Magallanes, quien navegó en 1520 por el estrecho que luego llevó su nombre. Arribamos al puerto dos horas antes de la partida. Después de instalarme en mi cabina, me asomo por un balcón para ver la ciudad que vamos dejando atrás. En la cubierta, más tarde, mis compañeros de viaje y yo transitamos el canal Beagle, cabo de Hornos y Punta Arenas. El frío va en aumento pero nadie quiere perderse el espectáculo que aparece frente a nosotros.

En las primeras horas de navegación, palomas antárticas, petreles y albatros, entre otras aves de la región, sobrevuelan el barco desde cerca, como si quisieran perseguir esta maravillosa expedición. La majestuosidad del mar, infinito en apariencia, es dominada por un albatros cuyas alas extendidas alcanzan los tres metros y medio de longitud y parece sentirse el rey de los cielos antárticos. Lo veo tomar vuelo sin llegar a alcanzar mucha altura, planea y vuelve a bajar, como si percibiera que el lente de una cámara persigue todos sus movimientos.

El viento se hace cada vez más intenso y el frío se empieza a sentir, pero es difícil abandonar la cubierta porque ahí se vive la magia de lo que percibes a tu alrededor: la gélida brisa y un extraño magnetismo que te sumerge e hipnotiza, ese silencio perpetuo que a su vez toma tu alma y te detiene tratando de entender la soberanía del paisaje dibujando glaciares y montañas, los cambios cromáticos del cielo y el ruido de las olas del mar acariciando el barco.

Vamos a cenar. A la segunda copa de champaña ya nadie está muy seguro si nos encontramos en el pasaje de Drake, o si es nuestro propio movimiento al vaivén del piano que repicaba en el lounge. El Pasaje de Drake reúne imágenes hostiles, como furiosos vientos, mares asesinos, naufragios y mitos sin resolver, asociados siempre con historias de navegantes, quienes exploraban este pasaje y las islas adyacentes donde los océanos Pacífico y Atlántico juntan sus fuerzas alrededor del cabo de Hornos.

Este pasaje separa la península antártica del sur de América. Hernando de Magallanes, capitán portugués, fue uno de los primeros en cruzar este pasaje en el año 1520 en dirección al oeste. Sin embargo, quien termina con el honor de dar su nombre al pasaje es el pirata inglés Sir Francis Drake, quien cincuenta años después de Magallanes lo cruza.

SIGUIENTE: El primer destino: Islas Shetland



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