Un bocado de historia en San Francisco

Un puñado de restaurantes históricos se renueva e incita a a los paladares.

Publicado: Miércoles, 31 de diciembre de 1969 a las
The Pied Piper Bar 2 - 5
The Pied Piper Bar se ubica dentro del Garden Court del Hotel Palace. (Foto: Cortesía) The Pied Piper Bar se ubica dentro del Garden Court del Hotel Palace. (Foto: Cortesía)
No nos queda sino comer en el Pied Piper Bar que, sin embargo, resulta una feliz sorpresa. The Pied Piper es, claro, el nombre que se da en inglés a quien nosotros conocemos como

El Flautista de Hamelin y, en efecto, tal es el personaje que aparece en el mural que corona la barra de caoba, representado en un estilo a caballo entre lo medieval y el art déco por el mítico ilustrador Maxfield Parrish.

El menú es sencillo pero la preparación impecable; así, mi club sándwich encierra pollo jugosísimo y tocino crujiente entre panes dorados en mantequilla, y los ostiones de Eunice se revelan fresquísimos. Lo memorable, sin embargo, será la extravagante ensalada que compartimos, en la que camarones revolcados en pimienta y pan molido se yerguen sobre una base de lechuga y tomate y compiten por nuestra atención con virutas de won ton, tajadas de un aguacate satinado, granos de elote y, acaso para evitarnos el jamaicón, frijoles negros y tiras de un queso Cotija potente y festivo.

Festivo ha de ser también el fin de este apartado ya que, a fin de cuentas, logramos colarnos al tan anhelado Garden Court en ocasión de nuestro último desayuno en la ciudad. El entorno mismo es una gozada para ambos y la avena de Eunice resulta correctísima. Mi pobre mujer, sin embargo, lleva otra vez la peor parte, ya sólo porque arriesgo y gano al pedir la omelette de cangrejo Dungeness, producto emblemático de la bahía.

Al partir la tortilla esponjosa y ligera emerge la carne suave y sabrosa, bañada en una salsa ligeramente cremosa, de vino blanco de uva Chardonnay, mezclada con crujientes trocitos de espárrago. Cuando la dejo que robe más de la mitad de mi plato no hago sino pagar las culpas de mi ceguera pretérita.

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