| El inicio de la travesía | 1 - 6 |

Siempre he pensado que hay viajes que te dan una experiencia personal, introspectiva; Alaska fue eso y mucho más. (Foto: Jorge Garaiz)
Contar con al menos un día para actualizarse en la vida de la que sigue siendo una de las capitales de la vanguardia social en Estados Unidos se convierte, por contraste, en la mejor preparación para los siguientes 12 días de navegación entre paisajes naturales.
En mi caso fui doblemente afortunado: después de mi sesión intensiva de vida urbana, zarpé en el Silver Shadow durante un día de sol que permitió una gran vista de Alcatraz y apreciar el Golden Gate desde abajo, mientras lo atravesábamos. Esa noche decidí irme a dormir temprano.
Al día siguiente me levanté sin prisas. Desayuné tarde, subí al deck 10 del barco y me tiré en uno de los sofás con masaje instalados en el salón mirador. No mucho tiempo después estaba dormido de nuevo.
Desperté con el tiempo suficiente para leer un poco, descubrir los primeros delfines con los que nos cruzaríamos en el viaje, ver el atardecer y prepararme para la cena de gala. La entrada de pato ahumado y foie gras fue la primera muestra de una cocina que nunca me defraudó.
El Opus One de Robert Mondavi (mezcla de Cabernet Sauvignon y Merlot) y la conversación con los compañeros de mesa hicieron el resto de la noche.
SIGUIENTE: El paraíso blanco
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| Publicado: Jueves, 01 de octubre de 2009 a las 15:32 |
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