Riviera Maya, un viaje para los sentidos

Comer como los grandes y desentenderse del mundo, hazlo con ayuda del relato de Travel & Leisure.

Publicado: Miércoles, 31 de diciembre de 1969 a las
Co-chi-ni-ta 5 - 6
La tradicional cochinita pibil se vuelve algo más que una comida tradicional, gracias a la creatividad del chef Mateo Zuluaga. (Foto: Gudinni Cortina) La tradicional cochinita pibil se vuelve algo más que una comida tradicional, gracias a la creatividad del chef Mateo Zuluaga. (Foto: Gudinni Cortina)
"La cochinita me quita el sueño", me dice el chef Mateo Zuloaga. De ahí que su plato de recepción en el restaurante Ámbar, del hotel Mandarin Oriental, sean unos dumplings (en el menú se llaman gyosas) rellenos de cochinita, que en lugar de salsa de soya vienen acompañados con salsa de frijoles negros, una pincelada de crema y chutney de xnipek (salsa de habaneros).

Es como prepararse un taco de cochinita pero con una tortilla más gruesa y palillos chinos. Desde la cocina abierta empiezan a salir ejemplos en los que el chef hace notar ciertas influencias de la cocina japonesa (heredadas de su trabajo en el Nobu de Londres) y de sabores dulces, sobre todo en las salsas, que delatan sus orígenes colombianos.

Su cocina, desde luego, se define como latino-asiática. Cada platillo se sirve con acabados minimalistas. Como en las buenas mesas, lo que llega primero es el pan, un poco de aceite de oliva extra virgen y distintos tipos de sal y mantequillas para acompañar. 

Demesero-con-chupe.jpgspués de los dumplings la experiencia va en ascenso: primero una lubina con salsa miso, de consistencia muy suave y con la piel bañada en la salsa dulce y unos pequeños trozos de plátano (muy parecido en sabor y presentación al famoso bacalao negro de Nobu).

Para el momento estelar llega un plato que raya en el pecado: un short rib lentamente braseado con jengibre y naranja, puré de camote, medallones de foie gras y hongos shiitake salteados. El resultado es una combinación de texturas suaves, entre el puré, la carne que se desmenuza y el foie, con sabores que varían de intensidad. 

Para el postre me traen una divertida sopa fría de naranja e hinojo con sorbete de coco y crujiente de cacahuate y miel. Si pecara de ingenua, diría que la sensación en el paladar es como la de tomar refresco Mirinda con helado de limón, con la diferencia de que los sabores son más delicados, más especiados, y que la combinación se equilibra para no llegar a ser empalagosa.

En este restaurante es que cada plato parece significar un nuevo escalón; uno va superando al otro en sabores y complejidad para dejar, junto con el maridaje, una absoluta satisfacción.

SIGUIENTE: Algo de sazón local



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