Pescando los placeres del mar

Conoce las maravillas de la pesca deportiva con el relato de Travel & Leisure.

Publicado: Miércoles, 31 de diciembre de 1969 a las
El viaje de ensueño 7 - 7
Vistas como estas crean la ilusión de dos mundos paralelos. (Foto: Ilán Rabchinskey) Vistas como estas crean la ilusión de dos mundos paralelos. (Foto: Ilán Rabchinskey)
Frente a Punta Allen, un pueblito pesquero que según la leyenda fue fundado por el pirata Barbanegra, cuyo barco se llamaba Allen, topamos con una barrera de coral, parte del arrecife mesoamericano -el segundo arrecife de coral más grande del mundo y el mejor del planeta para bucear con tubo, según dijo Jacques Cousteau en 1950-.

Bancos de pequeños peces color púrpura, que los locales han bautizado como "cirujanos", se mueven escurridizos entre corales; también están los llamados "sargentos", amarillos con rayas negras. Después llegamos a Blanquisar, una alberca natural de arena blanca y agua cristalina.

Nos rodean líneas de color turquesa, como si nos halláramos en el centro de un cuadro abstracto de Rothko, sólo se escucha el sonido del agitar de las aguas. De regreso al muelle nos encontramos con una embarcación de pescadores de langosta, práctica legal sólo durante ciertas temporadas del año. A un precio que nadie me creería, compramos un par de langostas que todavía llegan vivas a la villa.

Se las entrego a Agustín, el cocinero de turno, para que las prepare con la receta secreta de su familia. Dos horas después, hasta la presencia de los mosquitos trogloditas se me olvida. Cierro el día con una copa de vino y una cena verdaderamente espectacular. Antes de dormir me regalo un función de cine en la terraza.

Escucho música, después el mar, luego nada... y todo.

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