El embrujo de Praga

En medio de la región de la Bohemia en Europa Oriental se encuentra Praga; a través de las palabras

Publicado: Miércoles, 31 de diciembre de 1969 a las
Del sueño al sortilegio 1 - 7
La escena bien podría salir de un cuento de hadas. Hará ya un par de horas que cayó la penumbra sobre el Moldava y a medio Puente de Carlos hay un hombre tocando el arpa de cristal, con sus veintidós copas rellenas de agua. Su nombre es Alexander Zoltan y el sonido que emerge de sus yemas mojadas recorriendo la orilla de las copas brinda una sensación de ingravidez angélica. El repertorio va de Moon River a algunas piezas de Morricone. Miro a mi izquierda las luces que iluminan el Castillo de Praga y me pregunto por enésima vez si esto está sucediendo en realidad.

Vuelvo de madrugada al hotel, con el disco compacto que le compré en el puente al hombre de las copas. Lo escucho y algo falta. Una suerte de hechizo veleidoso que infundía en aquellos sonidos encantos intangibles que no están ya presentes en la grabación. Doy unos pasos, abro la ventana y parece que el aire frío me lo trae de vuelta. ¿O será la memoria fresquísima del puente, cuyas estatuas pardas se alzan como espectros durante el día y a media noche son sombras protectoras para aquellas parejas que se besan a la luz de la luna?

Antes que una ciudad, Praga es un sortilegio. Un estado mental, una aventura onírica, un festín del espíritu recién deslumbrado. Uno puede creer que ha caído en un sortilegio cuando su percepción de la realidad se torna fantasiosa y verosímil a un tiempo, como suele pasar durante el sueño, o como le sucede a quien por primera vez pisa el Puente de Carlos y se mira saltando, trotando, canturreando; prendado, y además correspondido.

Tiempo de preguntarse cuándo fue la última vez –¿en la infancia, quizá?– que un sueño así le tuvo por rehén. "Tuve un sueño", decimos, y sabemos que ya lo hemos perdido. Escribir sobre Praga es lanzarse a buscar la huella zigzagueante de la quimera. Su hechicería flota en un punto medio entre lo hermoso y lo siniestro, la alegre ingenuidad y el gemido nocturno, como una confabulación de sol y sombra donde en cualquier momento brotan todas esas fachadas cuyos tonos pastel infunden una inusitada alegría a quien ya se miraba presa de los espectros.

Es por ese contraste entre claridad y penumbra que los rostros de Praga brotan o se ocultan de acuerdo con la hora del día o la noche, de manera que los recuerdos se superponen, y a la postre se contradicen. Miente quien asegura que "soñar no cuesta nada"; el precio es despertar y no quiero pagarlo.

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