El embrujo de Praga

En medio de la región de la Bohemia en Europa Oriental se encuentra Praga; a través de las palabras

Publicado: Miércoles, 31 de diciembre de 1969 a las
Entre Stalin y Clinton 6 - 7
Las estatuas del Parque Petrin conmemoran a los muertos durante el comunismo. (Foto: Carlos Sánchez Pereyra) Las estatuas del Parque Petrin conmemoran a los muertos durante el comunismo. (Foto: Carlos Sánchez Pereyra)
ARTÍCULOS RELACIONADOS
Cinco años atrás nadie habría creído posible una noche como la del once de enero del ’94: el presidente de los Estados Unidos tocando el sax en el Jazz Club Reduta. Pero ni eso ha cambiado gran cosa su estampa desastrada y un tanto "retro", repleto incluso el domingo en la noche, cuando aparece sobre el escenario la Big Band de Milan Svoboda y, de pronto, ya estamos en la cueva más caliente de Praga. Honor muy disputado en una ciudad habituada fervientemente a la música, donde la resistencia contra el poder soviético recibía apoyo activo y emblemático de numerosos músicos y artistas.

Vivir en Praga significa escaparse de las tribulaciones a través de la música y entender como cosa cotidiana que el dramaturgo y primer presidente, Václav Havel, empleara como agregado cultural a Frank Zappa y recibiera a los Rolling Stones como a dignatarios internacionales: símbolos vivos de la resistencia.

Más allá de los videos que registran los días de insurrección en la Plaza Wenceslao, poco ha sobrevivido de los años de dominio soviético. Reina una especie de voluntad de olvido, apenas atenuada por la presencia gris del Museo del Comunismo, que está en un piso alto de la Ciudad Nueva, justamente a la vuelta de Plaza Wenceslao, y es comparable a un departamento de cuatro recámaras.

Para más elocuencia, los folletos ofrecen como referencia la estación del metro Mústek y el McDonalds de la planta baja, lo cual tampoco da para encontrarlo pronto, ya que allí todos saben dónde queda el McDonalds, pero no hay quien conozca dónde precisamente queda ese triste museo-sarcófago dedicado a esparcir propaganda anacrónica y mostrar el mismo video hasta el hartazgo. Me queda la impresión de que para mirar atrás, Praga elige saltarse un trecho largo del siglo XX.

Luego de varios días de recorrer sus calles centrales a pie, Praga se va dejando descifrar y uno descubre que el laberinto es asombrosamente más pequeño de lo que en un principio imaginó. Es decir que la Praga deslumbrante no está en realidad lejos de la íntima, y eso uno lo descubre conforme se le acaban los días y de repente sólo le quedan horas. Camina entonces hacia el Barrio Judío y se deja pasmar por el Rudolfinium, donde en el mes de mayo ocurre el emblemático Festival de Primavera.

Vuelvo sobre mis pasos hacia el cementerio y descubro que es tarde; quién querría ver la tumba de Kafka de noche. A partir de mediados del otoño, el crepúsculo cae lo bastante temprano para que los praguenses disfruten de una noche de catorce o quince horas, ocho de ellas vivísimas como una noche händeliana en la iglesia de San Nicolás o un encuentro imprevisto sombras adentro con unos hondos ojos praguenses, enmarcados por la mole pasmante del Palacio Kinsky.

SIGUIENTE: El nombre del conjuro