Londres de noche, diversión sin límite


En la capital británica, nada de divisiones por edad, sexo, color o clases: la fiesta es para todos

1. Aquí no hay canas ni clases sociales


— Londres no es una ciudad, es una joven melómana que seduce incautos por las noches.

Cierra los ojos y escucha sus ritmos que no discriminan por edad, sexo o color: rock, jazz, salsa, merengue, punk, funk, electro y cool indie; rap, hip hop y blues, incluso.

Nada ni nadie se queda fuera de Londres: provocadora, diversa, nos invita a seguir la ruta de su música interna (como una ciudad de Hamelin).

Llegué a esta ciudad con una consigna que pensé que podría cumplir: “Reporta la dinámica de la noche, pero acuérdate de nuestro público lector: cierto rango de edad, cierto gusto”. Imposible. En Londres no existe tal cosa.

 La gente no se divierte de acuerdo a las canas y arrugas que les ha dado la vida. Tampoco de acuerdo a su línea de crédito. No hay un momento para “sentar cabeza y dejar de usar cierto tipo de ropa” o tratar de borrarse los tatuajes.

¿Cierto rango de edad? Buena pregunta (y arriesgada también) si se la formula a esos punks originales que, con un mohawk verde y sesenta años cumplidos, siguen bebiendo tres pintas de cerveza diaria, yendo a conciertos en los clubes trendy y rockeando junto a punkcitos de 20 años para luego irse a atender su negocio en la calle Portobello, la calle central de uno de los barrios más chic de Londres, Notting Hill, donde venden antigüedades y filman películas.

El viejo adagio “caras vemos… carteras no sabemos” es de especial digresión en esta ciudad. ¿Cierto rango… de qué? Me pregunta mi guía/lazarillo/amigo Ernesto, quien vive ahí desde hace un par de años y trata de que sea yo, con mis propios ojos y mi propia cerveza en mano, quien empiece a entender: Londres es el imán multicultural más espectacular de Occidente y no juega las reglas del resto del mundo.

 


2. ¿Es la hora del thé? No, de la cerveza


— Estoy parada junto a los nietos de aquellos piratas despiadados del siglo XVII, los mismos que vieron nacer a los Beatles, a David Bowie y a los Smiths; inventaron el futbol (sin gentilicios innecesarios), la penicilina, el cricket, el poliéster, los trenes y una que otra tragedia dramática de la que el mundo no ha podido olvidarse ni se olvidará jamás (Shakespeare, anyone?).

Aquí no hay rangos; o los hay, pero desafían todo intento de encierro, se evaporan como el agua de esa lluvia pertinaz que cae sobre los hombros del londinense común, esa lluvia a cuyo ritmo se baila en esta isla: el clima es, por mucho, el tema favorito; el alfa y el omega de cualquier conversación.

Ir a un antro fresa (“posh”, en londoner), por ejemplo, significa entrar a un lugar donde encontrarás esposas de futbolistas famosos y cantantes de rock, pero en el que podrás atestiguar la verdadera democracia de la noche: no importa si te llamas Juan o John, en Londres todos hacen cola y esperan su turno.

Los cadeneros existen, pero sólo como un método antiaglomeraciones. Además, al llegar a la barra, será mejor que estés dispuesto a hacerla de mesero: hombre, mujer o quimera, en Londres se paga por turnos (ahora yo invito la ronda, ahora tú).

También por turnos, el que paga lleva las pintas de cerveza a los amigos. Nadie se atreve a quejarse, aunque se rieguen las manos y los pies de espumeante líquido ambarino.

Es exactamente como nuestras abuelas nos contaban sobre el té británico, pero la cuestión ha dado un pequeño vuelco: aquí se empieza a beber (cerveza) a las cinco y media en punto, religiosamente.

No hay más que pararse afuera de la estación Oxford Circus, Farringdon, Covent Garden o Kings Cross (de hecho, afuera de casi cualquier estación del metro, en casi cualquier zona de la ciudad) para atestiguar el peregrinar de oficinistas hacia la cerveza prometida. Sus mantras se cantan en silencio, a través de los audífonos de los iPods.


3. Que no te cierren el bar de la esquina


— La noche comienza cuando nada ha envejecido aún, ni el sol ni la tarde están dispuestos a irse todavía; están esperando al segundo drink para relajarse e irse a dormir. Lunes, martes miércoles (ni decir del resto de la semana); tal parece que no hay pecado más grande que saltarse un par de pints en uno de estos recintos al terminar la jornada de trabajo –esto es, al menos una ‘caguama’ mexicana, pues se le llama pint a una medida real que se acerca al medio litro–.

Para ser exactos, hay 1,773 pubs para recomendar sólo en Central London (de acuerdo con un estudio pormenorizado, autoría del entusiasta John Adams); otras fuentes reportan hasta 5,000.

Quién sabe si son tantos, aunque en mi opinión hay uno que no te puedes perder: saliendo del British Museum, y para que se te pase la impresión de aquel espectacular domo que da la bienvenida al museo, debes cruzar la calle de manera discreta y, tratando de no parecer turista, adentrarte al verde botella y vidrios entintados de la Museum Tavern, en el 49 de la Great Russell Street, distrito de Bloomsbury.

Si prestas mucha atención, quizás puedas ver la sombra de Sherlock Holmes rondar el lugar o la silueta de las barbas del padre de El Capital, ya que, tanto Sir Arthur Conan Doyle como Karl Marx escribieron buena parte de su obra en esos asientos rojos que ya se hunden de viejos. Lo que sea que hagas, por Dios, no se te ocurra ir al Starbucks de junto.

Ain’t nothing but…blues. Nada que ver con el neoyorquino, el Soho de esta ciudad contiene al distrito gay (en Old Compton Street), así como clubs de strippers muy amigables. Recuerda que estás en Londres: una tienda de videos para adultos no es precisamente el lugar más sórdido del mundo, sino, simplemente, un lugar que entiende lo diversos que somos los seres humanos.

Una vez que lo anterior es asimilado, caminar con calma por estas calles puede ser una experiencia gratificante: allí se encuentran localizadas dos joyitas para el ávido de la música en vivo: el Ain’t Nothing But, en el número 20 de Kingly Street, y el Ronnie Scott’s, en el 47 de Frith Street.

Este último, uno de los bares de jazz con más tradición en la ciudad.

La idea primordial de estos dos sitios es apoyar al talento local, ya sea para que se enfrasque en sesiones espontáneas de jamming (la práctica habitual en el soul, blues y jazz de improvisar junto músicos que puedes o no conocer, dejándote llevar sólo por la inspiración colectiva) o en deliciosas noches de blues en el Ain’t Nothing But, o en el Ronnie’s que se pinta bastante más mainstream y exclusivo: el año pasado, los que pagaron una cuota anual por ser miembros pudieron escuchar a Van Morrison, Macy Gray, Wynton Marsalis, Stacey Kent y Chick Corea, entre otros enormes de este género musical.


4. Salir del barrio... ¿y para qué?


— Para qué mentir, a todos nos gusta ser parte del underground. Una parte de ti se sentirá como explorador pionero al visitar los bares indie sobre Old Street, en la parte sureste de Londres. Bájate en la estación del mismo nombre y simplemente camina.

 Hombres y mujeres con una “propuesta visual” a la hora de vestir, street art y Banksy look alikes a todo lo que da, artistas esperando entrar a una tienda de videos de culto, galeristas tomando whisky en plena calle, coleccionistas esperando encontrar una buena ganga... pero sobre todo, amantes de las distintas escenas musicales.

La noche en que fui había un impresionante cartel en el bar The Legion (348 Old Street), donde suelen presentar bandas invitadas del underground de Brooklyn (como la grandiosa A place to bury strangers) o de la escena indie francesa.

La zona no es totalmente desconocida, pero por alguna razón (rentas no tan caras, quizás) muchos artistas viven, duermen, comen, exponen y tocan allí.

Algo difícil de imaginar en una ciudad tan cosmopolita: cada barrio, cada distrito, parece una región auto-contenida y si no te da la gana, podrías nunca salir de allí.

En tu barrio encuentras todo lo que quieres: buena comida, diversión, arte, tiendas y, lo más importante: tus amigos de toda la vida, con quienes, por supuesto, asistes al mismo pub desde hace 20 años.


5. Pero si buscas nuevas tendencias....


— Aun así, muchos se trasladan cuando vale la pena re-visitar las nuevas tendencias musicales. No es difícil: hay para todos, sólo hay que echarse un clavado en Internet  y visitar páginas como viewlondon, london town, o bien  nightlife, están bien actualizadas).

En realidad, depende de lo que tus oídos y tus pies estén dispuestos a aguantar. Si sientes que todavía puedes con una noche interminable, por ejemplo, una opción completamente distinta a Old Street es el clubbing.

Se trata de esas enormes bodegas de tres o cuatro pisos convertidas en pistas de baile para quien disfruta de la música house, trance, garage o alternative beat meat.

The Ministry of Sound (103 Gaunt Street) es el ejemplo perfecto. Abrió sus puertas en 1991 como respuesta a un movimiento alternativo de música electrónica que luego se hizo mainstream.

A casi dos décadas, los de The Ministry tienen ya cuatro sellos disqueros (que producen DJs tan famosos como Deep Dish y Paul Oakenfold) y es todo un logro entrar sin reservación. El lugar atrae cerca de 5,000 personas en un fin de semana común y corriente; a eso se le llama diversidad.

 


6. Y sin embargo, Londres es mucho más


— Close your eyes and i'll kiss you, tomorrow I'll miss you... Es imposible caminar por Londres sin olfatear la melancolía de tus propias referencias musicales: como una oración, una canción puede ser tu compañía en los andenes del Underground… panic on the streets of London…London calling to the faraway towns…

Los Beatles retumban detrás de cualquier esquina y nunca volverás a ser el mismo después de bajarte en la estación de metro Vauxhall y ver, a orillas del ominipresente río Támesis, la imagen dibujada de aquella vieja estación eléctrica de Battersea, famosa por ser la portada del álbum Animals, de Pink Floyd, y funcionar como refugio para el arte en la distópica película del mexicano Alfonso Cuarón, Children of Men (2006).

Me pongo los audífonos, cierro los ojos y allí estoy otra vez; en esa primavera londinense que me hizo un huequito y me dejó ser parte de todos a través de la música. Es una lástima que para saber realmente de Londres haya que vivir varios años allí; yo sólo puedo declararme, como decía David Bowie, una absolute beginner.

Me pongo los audífonos, cierro los ojos. Al final me rindo y hago como cualquier local: caminar, caminar, caminar. Dejar que la misma ciudad me indique de manera orgánica, casi por accidente, la dirección más apropiada para mi próximo recorrido.